“Lo más sublime de la vida es ese misterio que yace detrás de cada minuto, insospechable, que se desnuda incesantemente en cada palpitar, en cada sonrisa, y en cada momento que decidimos compartir nuestra felicidad, o transmitir nuestras tristezas. Aquel misterio indeleble, sagrado, persistente, nos ofrece una avenida de posibilidades que se estrecha infinitamente en el horizonte de nuestra existencia”, me decía inspirada Sarah, mientras caminábamos por los pasadizos interminables que esculpen el vacío desértico en el remoto poblado de Hays. El calor del mediodía comenzaba a escupir sus indecencias sobre nuestra ropa, haciendo brotar riachuelos de sudor que navegaban indiferentes por nuestra piel. El suelo de tierra, accidentado por las montañas de basura, balanceaba su inerte naturaleza con decenas de gatos que se entremezclaban con el plástico, los vegetales podridos, y las espinas de los pescados que teñían el ambiente de un aroma brutal. “En Yemen, ese misterio se enaltece todos los días. Detrás de las noticias de guerra, de los atentados a intereses extranjeros, de las desilusiones políticas, de un clima inaguantable, y una visión religiosa intransigente, un firmamento de creencias, tradiciones, y costumbres, la mayoría intactas desde hace milenios, hacen de Yemen un lugar imprescindible para una investigadora como yo”, comentaba con sus ojos apasionados, mientras me explicaba la razón que la había traído a este país.
“Aquí la forma de vida no ha cambiado drásticamente como en otros lugares del mundo. Fíjate como ese camello sigue siendo el principal motor para hacer aceite de ajonjolí, dando vueltas sin cesar, mientras el niño le da de comer al sustituto, que está casi empezando sus labores para que la otra bestia descanse. La relación entre ese niño y su camello pronto será historia”, me exponía, mientras su mirada se perdía en el centrifugo movimiento del animal. “Observa esa puerta antigua. Fíjate como la base es ancha y a medida que sube se va estrechando, formando una señal apuntando al cielo. Eso no es coincidencia. Si miras cualquier cosa a profundidad, te das cuenta como nada es casualidad. Todo está repleto de significado”.
De ahora en adelante, tratare de afilar mi visión. Que así sea!
Thursday, February 25, 2010
Wednesday, February 17, 2010
La Cultura del Miedo y el Siglo XXI
El ser humano es un péndulo orgánico que oscila constantemente entre diversos grados de temor. Aquella descarga de cortisol y adrenalina, incremento de la atención, aceleración del corazón, y presión sanguínea alta, es un estado profundamente conocido por todos los hombres que habitan la tierra. Varios estudios han confirmado que altos niveles de cortisol en la sangre contribuyen a la obesidad, afectan el sistema inmunológico, y causa un daño irreparable al corazón. Si observamos el mundo moderno, podemos deducir que por la enorme cantidad de películas de terror producidas anualmente, por la naturaleza de las noticias que consumimos glotonamente, y por la cantidad de violencia que propagamos voluntariamente, el ser humano moderno es un adicto al temor. Al parecer, todavía necesitamos los mismos niveles de hormonas que requerían los hombres prehistóricos, que luchaban diariamente para sobrevivir los cientos de factores que mitigaban sus años en la tierra. Hoy en día, en vez de salir a luchar con animales feroces, solo necesitamos prender la televisión.
Uno de los aspectos más interesantes de esta tendencia es claramente expuesta en el lenguaje utilizado en los medios de comunicación. Si observamos a profundidad el caso de Yemen, es evidente la manipulación sintáctica llevada a cabo por los periodistas para escandalizar sus noticias, permitiéndoles incrementar los niveles de cortisol y adrenalina en la sangre de sus lectores, asegurando el éxito de su mediocre trabajo. Utilicemos el ejemplo de la palabra “anárquico”, o el término “donde no rige la ley”, o “lawless” en inglés, expresiones encontrados en la gran mayoría de artículos periodísticos cubriendo a Yemen. Cuando los lectores digieren estos términos, se llevan la impresión de que en estos lugares rige la supervivencia del más fuerte, donde los hombres tienen la libertad para consumar el ambiente con cualquier capricho que le plazca, y son libres de pisotear la vida humana a su parecer. Como por arte de magia, el organismo del lector, al imaginarse estos lugares anárquicos desalmados, descargan una leve (o no tan leve) segregación de adrenalina y cortisol, asegurando su absoluta atención hacia dichos artículos, y hasta satisfaciendo el hambre de morbo que se amedrenta en el “gracias a Dios que yo no vivo ahí!”. Aunque es cierto que el gobierno Yemenita tiene poca influencia en vastas regiones de Yemen, es una falsedad decir que en estas zonas no rige la ley. La gran mayoría de estas zonas están regidas por leyes tribales que han estado en funcionamiento por milenios, asegurando el orden y la seguridad de sus habitantes. Pero con esos imprecisos términos, el periodista le da libertad al lector para llenar los espacios vacios que proyectan sus atemorizadas mentes, muchas veces subestimando el peligro real que lo rodea, y sobreestimando el peligro que albergan aquellos exóticos lugares que alberga su imaginación.
Otro interesante aspecto de la biología del temor es el envejecimiento prematuro que provoca el cortisol. Al segregarse en la sangre constantemente, una importante hormona que previene el envejecimiento de las células inmunológicas (telomerase) es suprimido, abriéndole paso a todo tipo de enfermedades. Y así como el temor le abre la puerta a futuros martirios, multiplicando nuestras causas para seguir atemorizados, así las manipulaciones lingüísticas que distorsionan nuestra visión del mundo les abren la puerta a enfermedades ideológicas mucho más peligrosas como la xenofobia y la ignorancia. Estas condiciones a su vez propagan las guerras, los conflictos religiosos, y la agresividad general hacia todo lo que nos han hecho creer peligroso.
Mientras tanto, como fruto real de nuestra adicción, una foto que dice “hecho en Estados Unidos” con los cuerpos destrozados de varias mujeres y niños, fruto del bombardeo llevado a cabo en noche buena en la provincia de Abyan, se ha propagado viralmente en el mundo árabe-cibernético. Qué mejor que esto para seguir bombardeando cortisol y adrenalina a los miles de jóvenes musulmanes que miran iracundos estas noticias? Y claro, qué mejor noticia que el nigeriano que quiso y no pudo para darle a beber de la misma poción a los miles de futuros reclutas militares que están sedientos de venganza en los poblados norteamericanos? Que corra la sangre, queridos amigos! Así podremos sentarnos a observar las noticias y seguir saturándonos de las sustancias que tan desesperadamente buscamos. Sinceramente les pregunto, hasta donde llegará nuestro absurdo?
Uno de los aspectos más interesantes de esta tendencia es claramente expuesta en el lenguaje utilizado en los medios de comunicación. Si observamos a profundidad el caso de Yemen, es evidente la manipulación sintáctica llevada a cabo por los periodistas para escandalizar sus noticias, permitiéndoles incrementar los niveles de cortisol y adrenalina en la sangre de sus lectores, asegurando el éxito de su mediocre trabajo. Utilicemos el ejemplo de la palabra “anárquico”, o el término “donde no rige la ley”, o “lawless” en inglés, expresiones encontrados en la gran mayoría de artículos periodísticos cubriendo a Yemen. Cuando los lectores digieren estos términos, se llevan la impresión de que en estos lugares rige la supervivencia del más fuerte, donde los hombres tienen la libertad para consumar el ambiente con cualquier capricho que le plazca, y son libres de pisotear la vida humana a su parecer. Como por arte de magia, el organismo del lector, al imaginarse estos lugares anárquicos desalmados, descargan una leve (o no tan leve) segregación de adrenalina y cortisol, asegurando su absoluta atención hacia dichos artículos, y hasta satisfaciendo el hambre de morbo que se amedrenta en el “gracias a Dios que yo no vivo ahí!”. Aunque es cierto que el gobierno Yemenita tiene poca influencia en vastas regiones de Yemen, es una falsedad decir que en estas zonas no rige la ley. La gran mayoría de estas zonas están regidas por leyes tribales que han estado en funcionamiento por milenios, asegurando el orden y la seguridad de sus habitantes. Pero con esos imprecisos términos, el periodista le da libertad al lector para llenar los espacios vacios que proyectan sus atemorizadas mentes, muchas veces subestimando el peligro real que lo rodea, y sobreestimando el peligro que albergan aquellos exóticos lugares que alberga su imaginación.
Otro interesante aspecto de la biología del temor es el envejecimiento prematuro que provoca el cortisol. Al segregarse en la sangre constantemente, una importante hormona que previene el envejecimiento de las células inmunológicas (telomerase) es suprimido, abriéndole paso a todo tipo de enfermedades. Y así como el temor le abre la puerta a futuros martirios, multiplicando nuestras causas para seguir atemorizados, así las manipulaciones lingüísticas que distorsionan nuestra visión del mundo les abren la puerta a enfermedades ideológicas mucho más peligrosas como la xenofobia y la ignorancia. Estas condiciones a su vez propagan las guerras, los conflictos religiosos, y la agresividad general hacia todo lo que nos han hecho creer peligroso.
Mientras tanto, como fruto real de nuestra adicción, una foto que dice “hecho en Estados Unidos” con los cuerpos destrozados de varias mujeres y niños, fruto del bombardeo llevado a cabo en noche buena en la provincia de Abyan, se ha propagado viralmente en el mundo árabe-cibernético. Qué mejor que esto para seguir bombardeando cortisol y adrenalina a los miles de jóvenes musulmanes que miran iracundos estas noticias? Y claro, qué mejor noticia que el nigeriano que quiso y no pudo para darle a beber de la misma poción a los miles de futuros reclutas militares que están sedientos de venganza en los poblados norteamericanos? Que corra la sangre, queridos amigos! Así podremos sentarnos a observar las noticias y seguir saturándonos de las sustancias que tan desesperadamente buscamos. Sinceramente les pregunto, hasta donde llegará nuestro absurdo?
Revisitando Bura
Atraído por el magnetismo de su primitivo encanto, incumbrable por la simplicidad que comparten las regiones ajenas a la influencia del mundo moderno, el destino me ha colocado de nuevo en esta carretera desolada que conduce a Jabal Bura. El sol impone su presencia poderosamente mientras mi mochila de quince libras se balancea en mi espalda, anclándome en el ardiente presente que acapara toda mi atención. Luego de siete meses viviendo en la desolación del Tihama, ya acostumbrado a los espacios vacíos que se extienden infecundos en los horizontes desérticos, la vibrante naturaleza acongoja mi ser mientras camino meditativo por el fértil paisaje. Me acompaña como siempre mi fiel acólito, Hassan, que al carecer de ropa deportiva se ha vestido con zapatos de charol, pantalón de lino, una camisa de vestir, y un saco grisáceo: muestra viva de la espontaneidad del carácter Yemenita.
Nuestra excusa para volver ha sido Sarah, una exploradora perspicaz con una visión de águila, característica que le permite escudriñar las razones que yacen detrás de las tradiciones más triviales. La investigadora lleva más de veinte años indagando el origen de los lenguajes, viviendo como una peregrina en su misión por descubrir el eslabón perdido de la torre babilónica. Nacida y criada en Hong Kong, Sarah ha convivido íntimamente con numerosas tribus en su misión de vida para probar que todos los lenguajes y alfabetos surgieron de la misma fuente. Como una alquimista de nuestros tiempos, su búsqueda la ha llevado a más de setenta países, siendo prueba de esto su extensivo dominio de varios lenguajes, incluyendo el árabe y el español. Para Sarah no hay casualidades. Todo símbolo, toda figura, toda imagen, representa un universo de significados ocultos el cual es su deber descifrar. Su constante desborde de energía entremezclado con unas intensas ganas de vivir, hacen de Sarah una perfecta acompañante.
Luego de tres kilómetros compartiendo con los mandriles que se avistan por docenas en la carretera que termina drásticamente en la falda de la impetuosa montaña, nos encontramos con Saddam. El adolescente de algunos quince años ha vivido toda su vida en Mabura, uno de los 57 poblados que componen el escabroso distrito de Jabal Bura. Con su estoico carácter y servicial actitud, nos comienza a guiar por el estrecho camino que conduce a los poblados que se anidan en el tope. La enigmática vía se descubre exclusivamente bajo su liderazgo, ya que es claramente imposible seguirlo sin el conocimiento de uno de los locales. Mientras vamos subiendo, sentimos la presencia de docenas de miradas estudiando cada paso que damos. Aunque no podemos ver a nadie, la impresión no se ahoga en la aparentosa ausencia de vida.
Mientras extenuados subimos la inclinada pendiente, pausamos de vez en cuando para voltearnos a deleitarnos con el desierto del Tihama, que se extiende infinitamente hasta llegar al Mar Rojo, mezclando el azul del océano con el destellante dorado del desierto en una penetrante visión celestial. Los poblados de Jabal Bura ya comienzan a dejarse entrever. Aquella emoción que sienten los exploradores cuando descubren la musa de sus aventuras me vuelve a sutilmente invadir, evocando todos los recuerdos que amparo de mi primera visita. Como si estuviéramos entrando a una región cimentada por los dioses, Sarah me mira con ojos de cómplice, agradeciéndome en silencio por haberla llevado hasta aquel lugar.
“El Wahabismo todavía no ha penetrado estas montañas”, me comenta mientras arribamos al poblado. “El antiguo vestuario de las mujeres todavía se conserva intacto”, me expone la investigadora mientras observamos a las vigorosas mujeres trabajar en las plantaciones de Qat y café que rellenan las escalonadas pendientes de los cerros paralelos al poblado. “No te imaginas lo desastrosa que esa corriente ha sido para Yemen. Ha borrado la cultura tradicional que muchas regiones habían cultivado por milenios”, me desglosa nostálgicamente en su agónico anhelo de la sencilla vida tradicional. Mientras seguimos subiendo, acercándonos a Ruqub, la cabeza de municipio, el panorama comienza a cambiar. “Te das cuenta!”, me alerta Sarah sulfurada. “Aquí ya puedes comenzar a ver los baltos y velos. Mientras más te acercas a las carreteras se hace evidente como viajan las ideas y transforman para bien o para mal el paisaje. En este caso, el resultado es verdaderamente triste…”, me susurra tranquila, aceptando la realidad que se desglosa inmutable bajo nuestras miradas. Las mujeres de Jabal Bura han sustituido hermosos trajes negros con costuras plateadas, coronados con un monumental desglose de paños coloridos sobre sus cabezas, por el sombrío balto y el hermético velo.
El Wahabismo es una secta Islámica que ha descollado en Arabia Saudita. Sus seguidores son ortodoxos en su visión del Corán y los Hadiths (biografías del profeta Mahoma narrada por varios de sus contemporáneos), y han radicalizado su posición dentro de la religión. El movimiento surgió en un intento de purificar algunas tendencias Islamistas como el sufismo, que para los Wahabitas estaban contaminado la religión con ideas que estos consideraban enemigas del Islam. Es por ellos que Arabia Saudita es uno de los países más conservadores de todo el planeta con respeto a las mujeres, prohibiéndoles manejar y obligándolas a cubrirse el rostro. Durante los años ochenta, luego de un ataque perpetrado por los Wahabitas en Medina, Arabia Saudita, la familia real decidió darle la libertad para difundir sus ideas por toda la península arábica por miedo a ser derrocada. Yemen era el lugar perfecto para iniciar la diáspora ideológica. Al ser un país pobre, los Wahabitas abrieron miles de “madrasas” (escuelas en árabe) por todo Yemen, moldeando las mentes de varias generaciones con sus radicalismos. Es por eso que en Yemen muchos jóvenes son más conservadores que sus padres y abuelos.
Al llegar a Ruqub, nos montamos en la cama de una vieja camioneta y zarpamos colina abajo. Mientras observaba el despampanante paisaje que se revelaba intacto detrás del viento que golpeaba mi rostro, un pensamiento me seguía embrujando: Que tan libre es el ser humano cuando en realidad es tan fácil de moldear? Y claro, la respuesta era clara: Porque es más fácil ser un seguidor que un pensador.

Mujer de Bura vistiendo el traje tradicional, casi extinto por la influencia del Wahabismo.

Septagenaria de Bura

Emblematica foto de la influencia del Wahabismo en estas cordilleras. La chica de la derecha todavia viste el traje tradicional de Bura, mientras las otras dos ya estan influenciadas por la tendencias conservadoras modernas.


Este es un lagarto muy especial

Las montanas escalonadas de Bura repletas de cafe y de Qat. Estos escalones son el fruto de cientos de anos de trabajo.

Mabura, anidada en el tope del cielo. Como me dijo Sarah, "aqui tenemos que mirar hacia abajo para ver las estrellas".

Pobladores posando

La Infancia de Bura
Nuestra excusa para volver ha sido Sarah, una exploradora perspicaz con una visión de águila, característica que le permite escudriñar las razones que yacen detrás de las tradiciones más triviales. La investigadora lleva más de veinte años indagando el origen de los lenguajes, viviendo como una peregrina en su misión por descubrir el eslabón perdido de la torre babilónica. Nacida y criada en Hong Kong, Sarah ha convivido íntimamente con numerosas tribus en su misión de vida para probar que todos los lenguajes y alfabetos surgieron de la misma fuente. Como una alquimista de nuestros tiempos, su búsqueda la ha llevado a más de setenta países, siendo prueba de esto su extensivo dominio de varios lenguajes, incluyendo el árabe y el español. Para Sarah no hay casualidades. Todo símbolo, toda figura, toda imagen, representa un universo de significados ocultos el cual es su deber descifrar. Su constante desborde de energía entremezclado con unas intensas ganas de vivir, hacen de Sarah una perfecta acompañante.
Luego de tres kilómetros compartiendo con los mandriles que se avistan por docenas en la carretera que termina drásticamente en la falda de la impetuosa montaña, nos encontramos con Saddam. El adolescente de algunos quince años ha vivido toda su vida en Mabura, uno de los 57 poblados que componen el escabroso distrito de Jabal Bura. Con su estoico carácter y servicial actitud, nos comienza a guiar por el estrecho camino que conduce a los poblados que se anidan en el tope. La enigmática vía se descubre exclusivamente bajo su liderazgo, ya que es claramente imposible seguirlo sin el conocimiento de uno de los locales. Mientras vamos subiendo, sentimos la presencia de docenas de miradas estudiando cada paso que damos. Aunque no podemos ver a nadie, la impresión no se ahoga en la aparentosa ausencia de vida.
Mientras extenuados subimos la inclinada pendiente, pausamos de vez en cuando para voltearnos a deleitarnos con el desierto del Tihama, que se extiende infinitamente hasta llegar al Mar Rojo, mezclando el azul del océano con el destellante dorado del desierto en una penetrante visión celestial. Los poblados de Jabal Bura ya comienzan a dejarse entrever. Aquella emoción que sienten los exploradores cuando descubren la musa de sus aventuras me vuelve a sutilmente invadir, evocando todos los recuerdos que amparo de mi primera visita. Como si estuviéramos entrando a una región cimentada por los dioses, Sarah me mira con ojos de cómplice, agradeciéndome en silencio por haberla llevado hasta aquel lugar.
“El Wahabismo todavía no ha penetrado estas montañas”, me comenta mientras arribamos al poblado. “El antiguo vestuario de las mujeres todavía se conserva intacto”, me expone la investigadora mientras observamos a las vigorosas mujeres trabajar en las plantaciones de Qat y café que rellenan las escalonadas pendientes de los cerros paralelos al poblado. “No te imaginas lo desastrosa que esa corriente ha sido para Yemen. Ha borrado la cultura tradicional que muchas regiones habían cultivado por milenios”, me desglosa nostálgicamente en su agónico anhelo de la sencilla vida tradicional. Mientras seguimos subiendo, acercándonos a Ruqub, la cabeza de municipio, el panorama comienza a cambiar. “Te das cuenta!”, me alerta Sarah sulfurada. “Aquí ya puedes comenzar a ver los baltos y velos. Mientras más te acercas a las carreteras se hace evidente como viajan las ideas y transforman para bien o para mal el paisaje. En este caso, el resultado es verdaderamente triste…”, me susurra tranquila, aceptando la realidad que se desglosa inmutable bajo nuestras miradas. Las mujeres de Jabal Bura han sustituido hermosos trajes negros con costuras plateadas, coronados con un monumental desglose de paños coloridos sobre sus cabezas, por el sombrío balto y el hermético velo.
El Wahabismo es una secta Islámica que ha descollado en Arabia Saudita. Sus seguidores son ortodoxos en su visión del Corán y los Hadiths (biografías del profeta Mahoma narrada por varios de sus contemporáneos), y han radicalizado su posición dentro de la religión. El movimiento surgió en un intento de purificar algunas tendencias Islamistas como el sufismo, que para los Wahabitas estaban contaminado la religión con ideas que estos consideraban enemigas del Islam. Es por ellos que Arabia Saudita es uno de los países más conservadores de todo el planeta con respeto a las mujeres, prohibiéndoles manejar y obligándolas a cubrirse el rostro. Durante los años ochenta, luego de un ataque perpetrado por los Wahabitas en Medina, Arabia Saudita, la familia real decidió darle la libertad para difundir sus ideas por toda la península arábica por miedo a ser derrocada. Yemen era el lugar perfecto para iniciar la diáspora ideológica. Al ser un país pobre, los Wahabitas abrieron miles de “madrasas” (escuelas en árabe) por todo Yemen, moldeando las mentes de varias generaciones con sus radicalismos. Es por eso que en Yemen muchos jóvenes son más conservadores que sus padres y abuelos.
Al llegar a Ruqub, nos montamos en la cama de una vieja camioneta y zarpamos colina abajo. Mientras observaba el despampanante paisaje que se revelaba intacto detrás del viento que golpeaba mi rostro, un pensamiento me seguía embrujando: Que tan libre es el ser humano cuando en realidad es tan fácil de moldear? Y claro, la respuesta era clara: Porque es más fácil ser un seguidor que un pensador.
Mujer de Bura vistiendo el traje tradicional, casi extinto por la influencia del Wahabismo.
Septagenaria de Bura
Emblematica foto de la influencia del Wahabismo en estas cordilleras. La chica de la derecha todavia viste el traje tradicional de Bura, mientras las otras dos ya estan influenciadas por la tendencias conservadoras modernas.
Este es un lagarto muy especial
Las montanas escalonadas de Bura repletas de cafe y de Qat. Estos escalones son el fruto de cientos de anos de trabajo.
Mabura, anidada en el tope del cielo. Como me dijo Sarah, "aqui tenemos que mirar hacia abajo para ver las estrellas".
Pobladores posando
La Infancia de Bura
Wednesday, February 10, 2010
La Magia del Lenguaje
Ocho por ciento de todas las palabras de la lengua española provienen del árabe. Lo grande es que así como el árabe influyo enormemente en el español, los idiomas que influenciaron al árabe también nos influyeron a nosotros. Es por eso que por medio del árabe, palabras antiguas del idioma sanscrito como ajedrez y alcanfor, palabras provenientes del persa como azul, naranja y jazmín, y palabras griegas como arroz, acelga, alquimia, se han hecho parte esencial de nuestro hablar. De una manera u otra, siempre estamos interconectados, no importa qué lejos parezcamos estar.
Monday, February 8, 2010
Mujer Yemenita

Eres maternidad inquebrantable ascendiendo las costras del cielo,
La sangre que emana fogosa de las verdades que rigen tu cuerpo.
Eres mil años de opresión gimiendo a oscuras,
La soledad ensimismada ocultándose detrás de tu costura.
Eres espejismo de quimeras y de encuentros,
El clamor de un corazón que perdido busca incierto.
Eres voz drenada en el eterno eco del tiempo,
Un diamante perfecto que jamás fue descubierto.
Sigo viendo tu rostro aunque lo lleves furtivo.
Lo sigues reflejando en tus ojos reflexivos.
No te escondas más. Sal a nuestro encuentro.
Espero que tu grito lo escuchemos en el viento.
Sunday, February 7, 2010
"La Lengua Arabe: Un Garabato entre la Algarabía"

“Explícamele al caballero en garabato que quiero una falda tradicional”, me decía uno de los integrantes del equipo de filmación dominicana que estuvieron en Yemen hace unos meses. La lengua árabe, considerada por el gobierno americano como una de las cuatro lenguas más difíciles de aprender junto con el coreano, el chino, y el ruso, fue apodada cariñosamente con aquella jocosa palabra durante las tres semanas de rodaje. Hace unos días, mientras leía sobre la influencia del árabe en la lengua española, descubrí que la palabra algarabía, definida oficialmente por la real academia como “un griterío confuso de varias personas que hablan a un tiempo”, inicialmente surgió del apodo dado por los cristianos a la lengua hablada por los invasores durante la Reconquista Española. Si comparamos las dos palabras, algarabío y garabato, nos damos cuenta que la percepción que tuvieron aquellos españoles hace mil años no está muy lejos de la que tuvieron nuestros paisanos hace unos meses. Me puedo imaginar a los héroes de antaño refiriéndose a la “luga arabiya” (lengua árabe en su idioma), aquella ‘algarabía’ ininteligible que los había invadido durante más de setecientos años, de la misma manera en que la palabra garabato surgió naturalmente entre los siete integrantes del equipo dominicano.
Aunque los moros fueron expulsados de España en 1492, aquellos héroes de la Reconquista nunca se imaginaron que aquel ‘algarabitoso’ lenguaje se había hecho paso por las cordilleras de la lengua española, marcando su influencia arrolladoramente. El castellano moderno, surgido en el reinado de Castilla (norte de España) durante el siglo 9 d.C., nació durante la misma época en que el lenguaje árabe dominaba la península ibérica. Es por esto que mientras el castellano nacía, la lengua árabe se había auto-designado como comadrona oficial de aquel parto lingüístico. Durante los nueve meses que viví en España, me reía mucho con la resistencia generalizada del pueblo español a pronunciar los anglicismos que comúnmente utilizamos en Latino América. Lo que aparentemente nunca se dieron cuenta era que los Arabismos se habían quedado para siempre en el nervio central de su lengua. Cientos de términos son testigos de esta preponderancia lingüística, comenzando por ‘ojalá’, que proviene de la palabra Inshallah (Dios mediante), loca, que proviene de la palabra lawqa (idiota), alcohol, azúcar, aceituna, albóndiga y jirafa: media docena de palabras que ratifican la hipótesis.
Como confirmado por el gobierno americano, la lengua árabe no es fácil de aprender debido a una multiplicidad de causas. Entre estas, encontramos la dificultad de pronunciar algunos fonemas que solamente se encuentran en dicha lengua. Letras del alfabeto como Ayn, Ghayn y Daal, son las pesadillas de todos los estudiantes que se aventuran a conocer el ‘garabato’ que hablan más de 530 millones de personas. Los árabes dicen que su habla es la lengua del Daal, debido a la dificultad que tienen los extranjeros con aquel sonido, y que el único que verdaderamente dominaba el vocablo era el profeta Mahoma (una de las miles de atribuciones que se le hace al profeta en tierra Islámica). Otra de las dificultades, capaz de frustrar a los académicos de la lengua, es la cantidad de variaciones lingüísticas que existen. El árabe es una treintena de lenguas en una, comenzando por el árabe estándar moderno (AEM), utilizado en el árabe escrito y en las cadenas de televisión. Esta es la lengua en la que un egipcio y un yemenita educado hablarían, ya que si trataran de conversar el idioma en sus versiones locales se encontrarían de nuevo en la torre de babel. El AEM es una de las dos variaciones del idioma comúnmente impartidas en las escuelas de árabe, en conjunción con el Árabe Clásico, que proviene directamente del Corán. Estas dos variaciones componen el término ‘fusha’, que se refiere a la lengua Árabe ‘correcta’. El único problema de aprender estas variaciones del idioma es que aunque otorga la capacidad de leer los periódicos y ver algunos programas de televisión, no garantiza entender a los árabes cuando residas o visites sus países. Es por esto que en el mundo árabe es más fácil dejarse entender que poder comprender.
La importancia del lenguaje árabe ha sido catapultada por el Islam. Esto se me hizo claro cuando decidí comprar un Corán traducido al inglés en tierra Yemenita. “Traducir el Corán es haram (pecado)”, me decían la mayoría de barbudos que atendían las librerías. “Aprende el lenguaje primero y luego lo lees”, me decía uno con cara seria. El Corán es según la mayoría de los árabes la máxima exposición del lenguaje jamás escrita. “Es inconcebible que un ser humano escribiera el Corán”, me decía uno de mis colegas. “Es por eso que estamos seguro de que es un libro dictado por el mismo Dios”, me decía confiado. El Islam ha propagado la lengua árabe por todo el planeta, íntimamente influenciado a los 1.2 billones de musulmanes que practican la religión de Mahoma. “Es para mí un sueño poder leer el Corán en su idioma”, me confesaba Shanti, una colega proveniente de Indonesia que tenía un año viviendo en Yemen. “En Indonesia, muchos musulmanes se han aprendido el alfabeto árabe para poder leerse el libro sin traducir, aunque la mayoría no entiende lo que leen”, me decía Shanti entre risas. “Aunque esto no les deja de transmitir la profundidad espiritual que buscan”, expresaba con rostro más serio. “Realmente es un libro inspirado”, concluía, mientras se disculpaba para irse a orar mientras el llamado a la oración resonaba por el megáfono de la mezquita local.
Aunque he tenido la dicha de estar sumergido en el mundo árabe por más de seis meses, todavía no estoy ni cerca de ser un conocedor profundo del lenguaje. Lucho diariamente con la algarabía de palabras que me son disparadas por todos los que me rodean, y al pasar las semanas me doy cuenta que este idioma fue diseñado para los hijos del desierto. “No pierdas la esperanza Alan. Lo vas a dominar!”, me decía Dina, nuestra profesora vocacional, mientras me veía frustrado ‘garabateando’ con uno de los pacientes. “Inshallah”, le respondo afectuosamente mientras retomo mi compostura. Inshallah!
Wednesday, February 3, 2010
Ultimas de Hassan
“Voy a ser papa!”, me vocea Hassan por el teléfono, dejándome saber a cántaros la enorme felicidad que lleva dentro por el imparable carcajeo que acompaña la noticia. Unas horas antes, mientras regresábamos a oscuras por las callejuelas polvorientas de Hais, el futuro padre me había confesado que su esposa vomitaba regularmente. “Tampoco le llega la menstruación”, me comentaba confuso, su rostro consternado por las consistentes dolamas que sufría su querida desde el día del matrimonio. “No estará embarazada?”, le pregunto curioso, mientras un grupo de niños me vocea “I love you”, única frase Anglosajona conocida rotundamente en Hais. “Inshallah (Si Dios quiere)”, me responde cortante. En nuestro trayecto, le pasamos por enfrente a una farmacia. “Que crees si le conseguimos una prueba de embarazo?”, le pregunto animado. “Tú crees?”, me responde nervioso el incrédulo. “Solo hay una forma de saberlo”. Pues queridos lectores, tengo que decirles que Hassan va a ser papá.
Tuesday, February 2, 2010
Dias en Yemen
Son las siete de la mañana. Hora de levantarse. Luego de un pequeño esfuerzo rompo la inercia que me tiene atado a la cama. Abro la ventana. Los vendedores ambulantes han iniciado su día antes que yo. Los fruteros descargan los tomates que han llegado por toneladas desde las fértiles montañas de Ibb. Los vendedores de Qat ya han recibido su cargamento y enfundan los ramilletes categorizándolas por su calidad. Los maiceros ya están sentados sobre el pavimento, arropando la cubeta de cenizas que abrazan con sus piernas, delicadamente acomodando las mazorcas que preparan con destreza. El sol ya comienza su ascenso, descubriéndose lentamente detrás de las infecundas lomas de piedra que velan al desierto en silencio.
Me dirijo al baño pensativo. Que me traerá el día de hoy? Mientras abro la ducha me acuerdo que tengo una semana sin agua. Salgo en toalla y me dirijo al botellón que llene la noche anterior. Descargo unos cuantos litros en una olla y me la echo en la bañera. Mientras me alisto, escucho los camiones y vehículos comenzando a utilizar su accesorio favorito: la bocina. Bajo las escaleras y me encamino hacia los motoristas que esperan indiferentes. Mientras les hago saber de mis intenciones de llegar a la oficina, se miran unos a los otros decidiendo con las miradas quien será el que le tocará llevarme. Mientras me balanceo en el motor observo a los niños de camino a la escuela. La mayoría son varones. Que pasara con las hembras? Repentinamente, me acuerdo que el 71% de las mujeres Yemenitas son analfabetas. El motociclista me deja enfrente de la oficina, donde mis colegas ya han postrado los platos del desayuno en el suelo y me hacen señas con las manos para que los acompañe. Me agacho y trato de acomodarme entre los demás. Sumerjo el pan en el aceite de ajonjolí mezclado con yogurt, y cojo un pedazo del pequeñito pescado que compartimos entre cuatro.
Las mujeres comienzan a llegar, siempre tarde como de costumbre. Me reciben con un esplendoroso As-salaam-Al-Aykun (que la paz sea contigo) y se dirigen a sus oficinas. Ya me he acostumbrado a la idea de que jamás les veré el rostro, aunque eso no ha impedido poder conocerlas a todas a profundidad. La mayoría ya tienen la confianza de contarme de sus alegrías y sus penas. Mientras me acomodo en mi oficina, una de mis colegas me toca la puerta. Me viene avisar que no quiere trabajar más para ADRA, y le imploro que me diga porqué. Fwzyah no quiere. Claramente esta avergonzada por alguna razón que desconozco. Le pido que por favor regrese mañana para que hablemos. Con sus expresivos ojos me indica que no hay problema. Mañana hablaremos. Luego de acabar el reporte cuatrimestral y hacer un chequeo de caja chica, ya es hora de coger carretera.
Abdullah Yassin, nuestro fisioterapeuta principal, me acompaña a darles seguimiento a los pacientes que mandamos a operar hace unos días de labio leporino. Aunque viven a solo 20 kilómetros, sabemos que nos tomará una hora llegar allí. Nos montamos en el vehículo que hemos alquilado (chofer incluido), y nos dirigimos monte adentro en el jeep 4*4, el único automóvil capaz de llevarnos a nuestro destino. El camino pedregoso está de nuevo intransigente. Nos tenemos que apear cada diez minutos para que el jeep pueda atravesar los imperdonables pasadizos que nos obstaculizan. A un kilometro de nuestro destino, el chofer nos comunica que no nos puede llevar más lejos. El camino solo lo pueden cruzar burros y camellos. Dichosos al fin, un adolescente viene guiando una carreta cargada de paja que viene empujada por un burro. Le damos unos cuantos riales y nos montamos atrás, deslumbrados por el hermoso paisaje en el que nos hemos sumergido. Las montañas rocosas que habíamos dejado atrás en Hais aquí comienzan a desnudar un poco su verdor, y un pequeño valle nos deja deleitarnos cruzando un riachuelo que ha nacido de las lluvias que han caído sobre las cordilleras lejanas. Mi corazón ha comenzado a latir de prisa, como si acabara de descubrir un tesoro escondido en la profundidad más intacta de esta tierra desconocida. A unos cien metros, un grupo de monos amenazan el sembrío de uno de los agricultores locales. Nos aproximamos a nuestro destino contentos. Por fin hemos llegado. Los tres pacientes, todos de una misma familia, lucen saludables. Sus heridas ya se han cicatrizado y ha llegado la hora de quitarle los puntos. Abdullah se pone sus anteojos y toma la pinza y manos a la obra. Yo tomo fotos para poder reportar el antes y el después de la operación.
Luego de terminar nuestro trabajo, los residentes locales nos invitan a comer. No podemos decirles que no, y la comida ya viene en camino. Dos mujeres traen las ollas mientras nos sentamos en cuclillas con ocho hombres que han llegado repentinamente. Luego de devorar el banquete en menos de diez minutos, los hombres de han dispersado rápidamente, siguiendo a pie de letra las tradiciones Yemenitas. Luego de terminar nuestra comida y bebernos cada uno una taza de té, Abdullah y yo procedemos a iniciar nuestro camino hacia el vehículo. El burro no regresa. Por ende, tenemos que atravesar un sembrío para poder atajar el vehículo en un punto más cercano. Dos jóvenes nos guían por entre los maizales. De repente, voceo “culebra, culebra!”. Los jóvenes salen disparados corriendo y Abdullah por poco se desmaya. Mi risa explosiva me delata y mis acompañantes se burlan uno de los otros en un intento fútil de probar que ninguno se asustó. Llegamos al vehículo y nos dirigimos a Hais. En el camino, le comento a Abdullah que Fwzyah no quiere regresar al trabajo. Me dice que conoce la razón. Al parecer, el día anterior, Abdullah la encontró trancada en su oficina con un cliente. Cuando el cliente se fue, Abdullah la confrontó y la agarró por un brazo, culpándola de que no podía hacer eso. Qué pensarían los demás, le voceaba enojado. Como podía trancarse en la oficina sin otro acompañante masculino, como por ejemplo su padre, su hermano, o su esposo. Mientras Abdullah me concluye la historia, me dice que no me preocupe. Fwzyah no va a dejar el trabajo. Mañana se disculpa con ella. "No estuvo bien tomarla del brazo…"
Al regresar a Hais, Abdullah me pide que lo acompañe a masticar Qat en casa de Bakheel. Compramos nuestros ramilletes y nos dirigimos a la sesión. Luego de dos horas de seria masticadera, el cuarto llamado a la oración nos indica que ya es hora de escupir el Qat e irnos a bebernos el concluyente te con leche. Ya la noche ha caído sobre Hais. Me dirijo en silencio hacia mi apartamento mientras le doy gracias a Dios por otro día en Yemen. La mañana siguiente, me despierto brioso a recibir otro nuevo día en el Tihama. "Que me traerá la jornada de hoy?" Me pregunto pensativo, mientras tomo mi jarra y me dirijo al baño.
Me dirijo al baño pensativo. Que me traerá el día de hoy? Mientras abro la ducha me acuerdo que tengo una semana sin agua. Salgo en toalla y me dirijo al botellón que llene la noche anterior. Descargo unos cuantos litros en una olla y me la echo en la bañera. Mientras me alisto, escucho los camiones y vehículos comenzando a utilizar su accesorio favorito: la bocina. Bajo las escaleras y me encamino hacia los motoristas que esperan indiferentes. Mientras les hago saber de mis intenciones de llegar a la oficina, se miran unos a los otros decidiendo con las miradas quien será el que le tocará llevarme. Mientras me balanceo en el motor observo a los niños de camino a la escuela. La mayoría son varones. Que pasara con las hembras? Repentinamente, me acuerdo que el 71% de las mujeres Yemenitas son analfabetas. El motociclista me deja enfrente de la oficina, donde mis colegas ya han postrado los platos del desayuno en el suelo y me hacen señas con las manos para que los acompañe. Me agacho y trato de acomodarme entre los demás. Sumerjo el pan en el aceite de ajonjolí mezclado con yogurt, y cojo un pedazo del pequeñito pescado que compartimos entre cuatro.
Las mujeres comienzan a llegar, siempre tarde como de costumbre. Me reciben con un esplendoroso As-salaam-Al-Aykun (que la paz sea contigo) y se dirigen a sus oficinas. Ya me he acostumbrado a la idea de que jamás les veré el rostro, aunque eso no ha impedido poder conocerlas a todas a profundidad. La mayoría ya tienen la confianza de contarme de sus alegrías y sus penas. Mientras me acomodo en mi oficina, una de mis colegas me toca la puerta. Me viene avisar que no quiere trabajar más para ADRA, y le imploro que me diga porqué. Fwzyah no quiere. Claramente esta avergonzada por alguna razón que desconozco. Le pido que por favor regrese mañana para que hablemos. Con sus expresivos ojos me indica que no hay problema. Mañana hablaremos. Luego de acabar el reporte cuatrimestral y hacer un chequeo de caja chica, ya es hora de coger carretera.
Abdullah Yassin, nuestro fisioterapeuta principal, me acompaña a darles seguimiento a los pacientes que mandamos a operar hace unos días de labio leporino. Aunque viven a solo 20 kilómetros, sabemos que nos tomará una hora llegar allí. Nos montamos en el vehículo que hemos alquilado (chofer incluido), y nos dirigimos monte adentro en el jeep 4*4, el único automóvil capaz de llevarnos a nuestro destino. El camino pedregoso está de nuevo intransigente. Nos tenemos que apear cada diez minutos para que el jeep pueda atravesar los imperdonables pasadizos que nos obstaculizan. A un kilometro de nuestro destino, el chofer nos comunica que no nos puede llevar más lejos. El camino solo lo pueden cruzar burros y camellos. Dichosos al fin, un adolescente viene guiando una carreta cargada de paja que viene empujada por un burro. Le damos unos cuantos riales y nos montamos atrás, deslumbrados por el hermoso paisaje en el que nos hemos sumergido. Las montañas rocosas que habíamos dejado atrás en Hais aquí comienzan a desnudar un poco su verdor, y un pequeño valle nos deja deleitarnos cruzando un riachuelo que ha nacido de las lluvias que han caído sobre las cordilleras lejanas. Mi corazón ha comenzado a latir de prisa, como si acabara de descubrir un tesoro escondido en la profundidad más intacta de esta tierra desconocida. A unos cien metros, un grupo de monos amenazan el sembrío de uno de los agricultores locales. Nos aproximamos a nuestro destino contentos. Por fin hemos llegado. Los tres pacientes, todos de una misma familia, lucen saludables. Sus heridas ya se han cicatrizado y ha llegado la hora de quitarle los puntos. Abdullah se pone sus anteojos y toma la pinza y manos a la obra. Yo tomo fotos para poder reportar el antes y el después de la operación.
Luego de terminar nuestro trabajo, los residentes locales nos invitan a comer. No podemos decirles que no, y la comida ya viene en camino. Dos mujeres traen las ollas mientras nos sentamos en cuclillas con ocho hombres que han llegado repentinamente. Luego de devorar el banquete en menos de diez minutos, los hombres de han dispersado rápidamente, siguiendo a pie de letra las tradiciones Yemenitas. Luego de terminar nuestra comida y bebernos cada uno una taza de té, Abdullah y yo procedemos a iniciar nuestro camino hacia el vehículo. El burro no regresa. Por ende, tenemos que atravesar un sembrío para poder atajar el vehículo en un punto más cercano. Dos jóvenes nos guían por entre los maizales. De repente, voceo “culebra, culebra!”. Los jóvenes salen disparados corriendo y Abdullah por poco se desmaya. Mi risa explosiva me delata y mis acompañantes se burlan uno de los otros en un intento fútil de probar que ninguno se asustó. Llegamos al vehículo y nos dirigimos a Hais. En el camino, le comento a Abdullah que Fwzyah no quiere regresar al trabajo. Me dice que conoce la razón. Al parecer, el día anterior, Abdullah la encontró trancada en su oficina con un cliente. Cuando el cliente se fue, Abdullah la confrontó y la agarró por un brazo, culpándola de que no podía hacer eso. Qué pensarían los demás, le voceaba enojado. Como podía trancarse en la oficina sin otro acompañante masculino, como por ejemplo su padre, su hermano, o su esposo. Mientras Abdullah me concluye la historia, me dice que no me preocupe. Fwzyah no va a dejar el trabajo. Mañana se disculpa con ella. "No estuvo bien tomarla del brazo…"
Al regresar a Hais, Abdullah me pide que lo acompañe a masticar Qat en casa de Bakheel. Compramos nuestros ramilletes y nos dirigimos a la sesión. Luego de dos horas de seria masticadera, el cuarto llamado a la oración nos indica que ya es hora de escupir el Qat e irnos a bebernos el concluyente te con leche. Ya la noche ha caído sobre Hais. Me dirijo en silencio hacia mi apartamento mientras le doy gracias a Dios por otro día en Yemen. La mañana siguiente, me despierto brioso a recibir otro nuevo día en el Tihama. "Que me traerá la jornada de hoy?" Me pregunto pensativo, mientras tomo mi jarra y me dirijo al baño.
Thursday, January 21, 2010
Mitigando Diferencias
Cada hombre tiene su lenguaje, la verdad que lo justifica en las entrañas de la tierra. La manera en que se comunica consigo mismo, con las personas que lo rodean, y con la naturaleza que lo abarca, define como plasma su conciencia en los nervios de la amalgama vital del que todos somos parte. Como una huella en el camino, su entidad es un surco en la ola del tiempo, capaz de arropar a los demás con la misma energía en que vislumbra al universo. En cada momento, tiene el poder de dividir, o de ensamblar. Puede querer, o puede odiar. Puede temer, o puede amar. Puede fulgurar en el espejo del alma la luminiscencia que brota de su interior, o puede reflejar el miedo que albergan sus incertidumbres. Como la luz de las estrellas, puede opacarse en el tedioso resplandor de la vida cotidiana, o puede engrandecerse en las penumbras de las noches sin luna. Al estar íntimamente conectado con los seres vivos que habitan el cosmos, tiene la enorme responsabilidad de escoger la energía que mas beneficie al resto. En cada pensamiento, en cada palabra, y en cada acción, yacen un millón de posibilidades.
Enmarcando las decisiones que lo definen, sus parámetros culturales son la estructura en la cual se afincan todos los cimientos de su libre albedrío. Como espejuelos que dibujan su visión del mundo, su bagaje cultural lo adhiere al grupo que pertenece, y le sirve de punto de referencia para ubicarse dentro de las dicotomías ideológicas que fragmentan a la especie humana. Aunque se considera libre, está atado a todas las preconcepciones que le fueron inmiscuidas desde su infancia. Por ende, sus pensamientos están contenidos en el molde de sus propias creencias, y para poder romper las paredes que limitan su visión, necesita una profunda transformación que calcine sus parámetros de la realidad, y con las cenizas, restaurar su perspectiva independiente de toda influencia. Si es capaz de lograrlo, la comunión consigo mismo y con los demás se amplificará en el espectro de la aceptación.
Una de las múltiples maneras de lograr este objetivo es perdiéndose en las llamaradas de otras culturas. En esta turbulenta edad, donde civilizaciones completas han desarrollado lenguajes opuestos para poder sobrevivir en las complejidades de sus circunstancias, más que nunca es necesario trascender los contrastes que nos apartan. Es por eso que en este atardecer, mientras los últimos rayos de luz penetran este pueblo anclado en la conformidad de sus preceptos, soy un árabe más. Unas semanas atrás, mi lenguaje dentro de este grupo de hombres no era comprendido. Al no haber sido parte del proceso evolutivo que ha definido a estos hombre que mastican la tarde suspendidos en las raíces de sus pensamientos, reinventarme ha sido necesario. Mis principios culturales siguen arraigados en la esencia de mi ser, pero ya no me considero prisionero de la vagina cultural del cual fui concebido. Es por eso que esta tarde ha desvelado la razón principal por la cual el destino me ha encaminado en esta travesía: Por primera vez los rostros velados han dejado de impresionarme, ya que detrás de cada rostro oculto se esconde un hermoso corazón palpitante, capaz de manifestar la luz que enjaulan sus vestiduras. Detrás de cada hombre se esconde un imperio, dispuesto a compartir la ultima migaja de pan que le ha traído la noche, sin importarle de donde vengo ni adónde voy. Mientras el siglo XXI sigue arrastrándonos a los pies de sus despiadadas intenciones, ha llegado la hora de trascender nuestras propias verdades para poder vislumbrar las verdades universales que definirán nuestro destino. Y la única verdad es que la misma sangre corre por nuestras venas, la misma conciencia resplandece en nuestras almas, y el mismo amor está en nuestras manos. Ya solo depende de nosotros el uso que le demos.
Enmarcando las decisiones que lo definen, sus parámetros culturales son la estructura en la cual se afincan todos los cimientos de su libre albedrío. Como espejuelos que dibujan su visión del mundo, su bagaje cultural lo adhiere al grupo que pertenece, y le sirve de punto de referencia para ubicarse dentro de las dicotomías ideológicas que fragmentan a la especie humana. Aunque se considera libre, está atado a todas las preconcepciones que le fueron inmiscuidas desde su infancia. Por ende, sus pensamientos están contenidos en el molde de sus propias creencias, y para poder romper las paredes que limitan su visión, necesita una profunda transformación que calcine sus parámetros de la realidad, y con las cenizas, restaurar su perspectiva independiente de toda influencia. Si es capaz de lograrlo, la comunión consigo mismo y con los demás se amplificará en el espectro de la aceptación.
Una de las múltiples maneras de lograr este objetivo es perdiéndose en las llamaradas de otras culturas. En esta turbulenta edad, donde civilizaciones completas han desarrollado lenguajes opuestos para poder sobrevivir en las complejidades de sus circunstancias, más que nunca es necesario trascender los contrastes que nos apartan. Es por eso que en este atardecer, mientras los últimos rayos de luz penetran este pueblo anclado en la conformidad de sus preceptos, soy un árabe más. Unas semanas atrás, mi lenguaje dentro de este grupo de hombres no era comprendido. Al no haber sido parte del proceso evolutivo que ha definido a estos hombre que mastican la tarde suspendidos en las raíces de sus pensamientos, reinventarme ha sido necesario. Mis principios culturales siguen arraigados en la esencia de mi ser, pero ya no me considero prisionero de la vagina cultural del cual fui concebido. Es por eso que esta tarde ha desvelado la razón principal por la cual el destino me ha encaminado en esta travesía: Por primera vez los rostros velados han dejado de impresionarme, ya que detrás de cada rostro oculto se esconde un hermoso corazón palpitante, capaz de manifestar la luz que enjaulan sus vestiduras. Detrás de cada hombre se esconde un imperio, dispuesto a compartir la ultima migaja de pan que le ha traído la noche, sin importarle de donde vengo ni adónde voy. Mientras el siglo XXI sigue arrastrándonos a los pies de sus despiadadas intenciones, ha llegado la hora de trascender nuestras propias verdades para poder vislumbrar las verdades universales que definirán nuestro destino. Y la única verdad es que la misma sangre corre por nuestras venas, la misma conciencia resplandece en nuestras almas, y el mismo amor está en nuestras manos. Ya solo depende de nosotros el uso que le demos.
Monday, January 18, 2010
Morder el Vacio
Hay algo que se desnuda etéreo detrás de cada pensamiento, insostenible, remotamente sutil, como un imán que no quiere ser descubierto, pero cual atracción es demasiado obvia para mantenerse en silencio. El alma siente la cruz de la inercia corroerse en el vaivén de los minutos incinerados, mientras coge impulso para salir disparada hacia los confines del universo. El crepúsculo de lo conocido ya se asienta en la lenta desesperación que muere fecundamente en una rotunda decisión: a fuerza de mordidas desprenderse de lo conocido para lanzarse de lleno al insondable océano de lo incógnito. Para no morir en la seguridad de sus propias cadenas, el hombre necesita reinventarse en el mar del arrojo, de la fuerza, de la conquista interna, y alzarse merecidamente en el inmortal pico del coraje para gritarle al universo que nada lo puede vencer. En esta combustión, el hombre se deshace de todo lo que había obstaculizado su camino hacia la sabiduría, y como una oruga que yacía moribunda en la faz de un viejo roble, un día se despierta para percatarse que aquel peso muerto que sentía en sus espaldas eran alas. Luego de desmenuzar las despiadadas sombras de lo desconocido, el temor que yacía indeleble en el mismo misterio que lo impulso a lanzarse se diluye en la realización de que el miedo era fruto de su propia creación. La luz de la realidad disipa lo que una mente temerosa no puede percibir: que desde que encendemos las luces, detrás de la negrura que nos había torturado, solo se esconde el tesoro de una condición inmutable, moldeada exclusivamente por aquellas ideas con que la concebimos. Para poder desterrarla, solo hace falta saber que esta allí, esperando a que algún día transmutemos nuestra perspectiva y comprendamos que todos los caminos habían estado abiertos, y que lo único que seguía frenándonos eran nuestras propias creencias.
Mientras regresaba al Medio Oriente luego de unas merecidas vacaciones, la situación que había dejado atrás había cambiado drásticamente. Aquel intervalo de días que había embozado a mi isla en el jolgorio del regocijo, había encubierto a Yemen con la sangre de ochenta difuntos, sacudiendo el avispero de la xenofobia y el desdén. Aunque en mi viaje de regreso estaba consciente de esta desgraciada realidad, mis arterias no se constreñían en las carencias de las dudas. Ya conocía aquella tierra de grandes corazones, de almas dispuestas a atravesarse en la línea de fuego, de preocuparse por un hermano que pertenecía al otro lado, pero que sin duda se había hecho parte esencial del paisaje. Como cuando la tierra absorbe lo que no le pertenece, y luego de de separar el objeto en sus elementos básicos, se da cuenta que aquel extraño objeto siempre le había pertenecido. El cordón umbilical que se había mantenido nutriéndome en la ilusión de mi propio confort ya había sido triturada. Por esta razón regresé. No tenía otra opción.
Todo esto aparte, había regresado por otra razón. Luego de más de seis meses conviviendo con la constelación cultural más pura del medio oriente, el corazón palpitante del mundo árabe se me había desnudado en carne viva. En su condición esencial, el yemenita no conoce puntos medios. El mundo es un lienzo en blanco y negro, donde los colores se disipan en las garras del imperdonable desierto y el azul infinito del cielo. En su verdad no hay espacio para las incertidumbres, y debido a la precisión matemática de sus convicciones espirituales, sus credos han sido capaces de conquistar el mundo. Sus rutinas son indestructibles, ya que sus días giran en torno a las cinco vertebras cardinales que forjan su ciclo vital: el llamado a la oración. Los espacios intermedios son colmados con la austeridad que conlleva vivir bajo las disposiciones del fundamentalismo más puro. Su visión universal acepta solamente aquello que alimenta su cultura, resistiéndose a las ideas que podrían enmarañar su visión de la realidad. El concepto de la privacidad en la vida pública no existe, ya que las acciones de los demás tienen que tener la integridad suficiente para poder ser vislumbradas por todo el resto. En otro extremo, la discreción absoluta que rodea al cosmos femenino no es equiparada con ninguna otra cultura del planeta tierra. Las pocas ventanas que adornan las casas, y la cantidad de sabanas que cortan los espacios vacios, son el fruto primordial de una sociedad que hace todo lo posible para evitar perderse en el encanto universal de la belleza femenina. Como si el hechizo lujurioso que provoca una mujer hermosa significara la perdición total y absoluta del vulnerable espíritu masculino. Teniendo todo esto claro, y habiendo aceptado las reglas y fundamentos que componían la cultura local, ya conocía las teclas que hacían brotar las sonrisas en los rostros ajenos, y sabía a ciencia cierta cuáles jamás traer a flote, a expensas de mi propia seguridad. Y he aquí la paradoja del valiente antropólogo: perderse a sí mismo para mantenerse a flote en las aguas turbulentas de lo foráneo, y en el intermedio, poder descubrir la naturaleza de sus propias verdades mientras la contrasta con las verdades de otro. Como cuando un grito penetra el silencio para hacerse consciente de la fuerza de su propia intensidad, y volverse ahogar en la afonía absoluta de donde surgió habiéndose conocido a plenitud. Y es así como nos volvemos hombres.
Mientras regresaba al Medio Oriente luego de unas merecidas vacaciones, la situación que había dejado atrás había cambiado drásticamente. Aquel intervalo de días que había embozado a mi isla en el jolgorio del regocijo, había encubierto a Yemen con la sangre de ochenta difuntos, sacudiendo el avispero de la xenofobia y el desdén. Aunque en mi viaje de regreso estaba consciente de esta desgraciada realidad, mis arterias no se constreñían en las carencias de las dudas. Ya conocía aquella tierra de grandes corazones, de almas dispuestas a atravesarse en la línea de fuego, de preocuparse por un hermano que pertenecía al otro lado, pero que sin duda se había hecho parte esencial del paisaje. Como cuando la tierra absorbe lo que no le pertenece, y luego de de separar el objeto en sus elementos básicos, se da cuenta que aquel extraño objeto siempre le había pertenecido. El cordón umbilical que se había mantenido nutriéndome en la ilusión de mi propio confort ya había sido triturada. Por esta razón regresé. No tenía otra opción.
Todo esto aparte, había regresado por otra razón. Luego de más de seis meses conviviendo con la constelación cultural más pura del medio oriente, el corazón palpitante del mundo árabe se me había desnudado en carne viva. En su condición esencial, el yemenita no conoce puntos medios. El mundo es un lienzo en blanco y negro, donde los colores se disipan en las garras del imperdonable desierto y el azul infinito del cielo. En su verdad no hay espacio para las incertidumbres, y debido a la precisión matemática de sus convicciones espirituales, sus credos han sido capaces de conquistar el mundo. Sus rutinas son indestructibles, ya que sus días giran en torno a las cinco vertebras cardinales que forjan su ciclo vital: el llamado a la oración. Los espacios intermedios son colmados con la austeridad que conlleva vivir bajo las disposiciones del fundamentalismo más puro. Su visión universal acepta solamente aquello que alimenta su cultura, resistiéndose a las ideas que podrían enmarañar su visión de la realidad. El concepto de la privacidad en la vida pública no existe, ya que las acciones de los demás tienen que tener la integridad suficiente para poder ser vislumbradas por todo el resto. En otro extremo, la discreción absoluta que rodea al cosmos femenino no es equiparada con ninguna otra cultura del planeta tierra. Las pocas ventanas que adornan las casas, y la cantidad de sabanas que cortan los espacios vacios, son el fruto primordial de una sociedad que hace todo lo posible para evitar perderse en el encanto universal de la belleza femenina. Como si el hechizo lujurioso que provoca una mujer hermosa significara la perdición total y absoluta del vulnerable espíritu masculino. Teniendo todo esto claro, y habiendo aceptado las reglas y fundamentos que componían la cultura local, ya conocía las teclas que hacían brotar las sonrisas en los rostros ajenos, y sabía a ciencia cierta cuáles jamás traer a flote, a expensas de mi propia seguridad. Y he aquí la paradoja del valiente antropólogo: perderse a sí mismo para mantenerse a flote en las aguas turbulentas de lo foráneo, y en el intermedio, poder descubrir la naturaleza de sus propias verdades mientras la contrasta con las verdades de otro. Como cuando un grito penetra el silencio para hacerse consciente de la fuerza de su propia intensidad, y volverse ahogar en la afonía absoluta de donde surgió habiéndose conocido a plenitud. Y es así como nos volvemos hombres.
Friday, January 15, 2010
Las Fisuras del Deseo: Dinámicas de Genero en el Reino de Saba
Así como la niebla se desnuda incógnita ocultando lo que yace en su interior, el amor en tierra Yemenita es una fuerza que se redime en privado, atestiguado únicamente por las paredes que comparten su secreto. Las mujeres caminan por las calles en universos paralelos, donde la presencia del género masculino se ha desvanecido en las fisuras de la indiferencia y en la oscuridad de la vergüenza. En público, las demostraciones amorosas son reservadas única y exclusivamente para individuos del mismo género, revelándose pintorescamente en costumbres como caminar tomado de las manos y saludarse besándose el cuello. En Hays, Yemen, el pequeño poblado donde resido, la dinámica de pareja es sumamente compleja. “¿Es cierto que si ves a tu esposa en la calle no la puedes saludar?”, le pregunto confuso a Bakheel, que acaba de escupir el Qat que cobijaba su boca desde temprano. “Pues no se debe”, me responde con la serenidad típica de los habitantes del Tihama. “Lo que complica el asunto es que al llevar el velo facial, ningún hombre de la comunidad conoce a mi esposa, y por ende, si me ven hablando con cualquier mujer, queda la duda de con quien hablaba. Imagínate, pueden hasta pensar que platicaba con sus esposas, lo que conllevaría un serio problema!, me explica humoroso, desvelando las connotaciones más sutiles de convivir con el anonimato del genero opuesto.
El sexo, aquella magnánima fuerza capaz de mover montañas, se atraganta en el recelo de los tabúes, como un volcán sellado incapaz de explotar. Los hombres solteros sueñan intensamente con la idea del matrimonio, la única manera de canalizar su voraz apetito sexual. Las mujeres, por ser víctimas de la mutilación genital, la cual se práctica hoy en día en algunas regiones de Yemen, imponen su glacial actitud frente al sagrado acto. Combinado con el temor que se les imbuye desde pequeñas, generalmente para prevenir embarazos no deseados que deshonrarían a la familia, la sociedad Yemenita se balancea entre la exasperación de la represión y el desborde de testosterona que rigen los asuntos masculinos. Es por esto que bajo las superficies de las rutinas diarias, se esconde un universo secreto regido por las frustraciones y exaltaciones de un pueblo incapaz de eyacular su hambre de deseo.
Rituales Polémicos: La ‘Circuncisión’ Femenina en Tierra Yemenita
“¿Abdullah, cuales son los efectos de la mutilación genital femenina?”, pregunto con cara de ingenuo, tratando de descubrir las razones que abalan este cruel hábito. “Como ya sabrás, aquí en el desierto del Tihama el calor es inaguantable”, comienza a explicarme Abdullah, visiblemente incómodo mientras comienza abordar el controversial tema. “Por ende, en un intento de aplacar el incontrolable deseo sexual que sienten las mujeres mientras están sujetas a estas altas temperaturas, muchos de los habitantes del Tihama prefieren que sus mujeres estén ‘circuncidadas’ para así no dudar de su fidelidad”, me explica convencido, como si estuviera recitando un libro de medicina. “¿Y a tu hija, ya la circuncidaron?”, pregunto atrevidamente, empujando al limite la confianza que hemos cultivado en los últimos meses. “Pues sí, aunque solo un pedacito”, me confiesa avergonzado.
Aproximadamente un cuarto de las mujeres Yemenitas han sido víctimas de la mutilación genital. En las zonas costeras aledañas al Mar Rojo, adonde se encuentra el pueblo que me ha resguardado por más de seis meses, casi un 90% de las mujeres están mutiladas. Varios estudios aseguran que esta costumbre no es oriunda de Yemen, y que ha sido introducida por inmigrantes provenientes de Somalia y otros países de África del Este, donde la costumbre se asienta desde hace milenios. Debido al extremo conservadurismo cultural, la práctica encontró tierra fértil en Yemen, donde se ha mezclado con algunas tradiciones ortodoxas Islámicas. Algunas de los problemas a corto plazo relacionados con la práctica incluyen hemorragias, infecciones, retención urinaria, y dolor prolongado. Otros problemas incluyen depresión y ansiedad. Muchos de los defensores de la práctica aseguran que es un elemento clave en la realización como mujer. Otros tratan desesperadamente de buscarle explicaciones teológicas, exaltando que vuelve a las mujeres más puritanas y más nobles. Aunque el gobierno Yemenita no prohíbe esta costumbre, mediante un decreto estipulado en enero del 2001, la práctica ha quedado prohibida en las clínicas y hospitales. Nueve años después, las Rayissas (mujeres que se especializan en el procedimiento) abundan en Yemen, y la práctica todavía prevalece en la cultura local.
“El Corán no menciona este fenómeno”, me explica convencido Hassan, que se casó con una mujer de la sierra, adonde se condena la práctica. “Gracias a Dios mi mujer no está ‘cortada’”, afirma vigorosamente mientras escucha a algunos quejándose de la apatía de sus esposas. “Les confieso, a mi mujer le encanta tomar la iniciativa”, anuncia orgulloso, exaltando la indiscreción que lo caracteriza mientras los demás lo miran espinosos, como si poseyera la llave de una dimensión desconocida. Mientras el grupo de hombres se sumerge enajenado en el etéreo atardecer desértico, los secretos del Reino de Saba se vuelven a ocultar bajo las sombras de la modestia. Sin duda, estaré esperando a que vuelvan a salir a flote.
El sexo, aquella magnánima fuerza capaz de mover montañas, se atraganta en el recelo de los tabúes, como un volcán sellado incapaz de explotar. Los hombres solteros sueñan intensamente con la idea del matrimonio, la única manera de canalizar su voraz apetito sexual. Las mujeres, por ser víctimas de la mutilación genital, la cual se práctica hoy en día en algunas regiones de Yemen, imponen su glacial actitud frente al sagrado acto. Combinado con el temor que se les imbuye desde pequeñas, generalmente para prevenir embarazos no deseados que deshonrarían a la familia, la sociedad Yemenita se balancea entre la exasperación de la represión y el desborde de testosterona que rigen los asuntos masculinos. Es por esto que bajo las superficies de las rutinas diarias, se esconde un universo secreto regido por las frustraciones y exaltaciones de un pueblo incapaz de eyacular su hambre de deseo.
Rituales Polémicos: La ‘Circuncisión’ Femenina en Tierra Yemenita
“¿Abdullah, cuales son los efectos de la mutilación genital femenina?”, pregunto con cara de ingenuo, tratando de descubrir las razones que abalan este cruel hábito. “Como ya sabrás, aquí en el desierto del Tihama el calor es inaguantable”, comienza a explicarme Abdullah, visiblemente incómodo mientras comienza abordar el controversial tema. “Por ende, en un intento de aplacar el incontrolable deseo sexual que sienten las mujeres mientras están sujetas a estas altas temperaturas, muchos de los habitantes del Tihama prefieren que sus mujeres estén ‘circuncidadas’ para así no dudar de su fidelidad”, me explica convencido, como si estuviera recitando un libro de medicina. “¿Y a tu hija, ya la circuncidaron?”, pregunto atrevidamente, empujando al limite la confianza que hemos cultivado en los últimos meses. “Pues sí, aunque solo un pedacito”, me confiesa avergonzado.
Aproximadamente un cuarto de las mujeres Yemenitas han sido víctimas de la mutilación genital. En las zonas costeras aledañas al Mar Rojo, adonde se encuentra el pueblo que me ha resguardado por más de seis meses, casi un 90% de las mujeres están mutiladas. Varios estudios aseguran que esta costumbre no es oriunda de Yemen, y que ha sido introducida por inmigrantes provenientes de Somalia y otros países de África del Este, donde la costumbre se asienta desde hace milenios. Debido al extremo conservadurismo cultural, la práctica encontró tierra fértil en Yemen, donde se ha mezclado con algunas tradiciones ortodoxas Islámicas. Algunas de los problemas a corto plazo relacionados con la práctica incluyen hemorragias, infecciones, retención urinaria, y dolor prolongado. Otros problemas incluyen depresión y ansiedad. Muchos de los defensores de la práctica aseguran que es un elemento clave en la realización como mujer. Otros tratan desesperadamente de buscarle explicaciones teológicas, exaltando que vuelve a las mujeres más puritanas y más nobles. Aunque el gobierno Yemenita no prohíbe esta costumbre, mediante un decreto estipulado en enero del 2001, la práctica ha quedado prohibida en las clínicas y hospitales. Nueve años después, las Rayissas (mujeres que se especializan en el procedimiento) abundan en Yemen, y la práctica todavía prevalece en la cultura local.
“El Corán no menciona este fenómeno”, me explica convencido Hassan, que se casó con una mujer de la sierra, adonde se condena la práctica. “Gracias a Dios mi mujer no está ‘cortada’”, afirma vigorosamente mientras escucha a algunos quejándose de la apatía de sus esposas. “Les confieso, a mi mujer le encanta tomar la iniciativa”, anuncia orgulloso, exaltando la indiscreción que lo caracteriza mientras los demás lo miran espinosos, como si poseyera la llave de una dimensión desconocida. Mientras el grupo de hombres se sumerge enajenado en el etéreo atardecer desértico, los secretos del Reino de Saba se vuelven a ocultar bajo las sombras de la modestia. Sin duda, estaré esperando a que vuelvan a salir a flote.
Wednesday, January 13, 2010
Creando Realidades
Desde Estados Unidos
“Al-Qaeda ha transformado al mundo moderno”, comentaba el orgulloso profesor, que tras dos décadas de investigación en el Medio Oriente ahora profesaba sus conocimientos al alborotado grupo de adolescentes en la Academia de Estudios Secundarios de Mississippi. “Aquel día fue mágico. Todos estábamos paralizados frente al televisor; pasmados, engrifados, las lágrimas corriendo por aquella malvada década que terminaba con una rosa alzada al cielo y un llamado a la compasión. Aquellas imágenes de los temidos barbudos hincados frente a las cámaras, pidiéndole perdón a la humanidad por haber utilizado la violencia en su lucha contra la opresión y el despotismo, hoy en día les permite a ustedes disfrutar de privilegios que mi generación nunca soñó. El Imam Rajiya, sin saberlo, se había humildemente convertido en el hombre más influyente del siglo XXI”, explicaba el inflamado profesor, que degustaba aquella experiencia como si la estuviera reviviendo frente a los embelesados estudiantes. “De alguna misteriosa forma, logró convencer a las treinta mil mentes belicosas que componían la organización que de la única manera en que iban a lograr sus metas era utilizando el amor como principio básico. Con su larga barba blanca y su gloriosa silueta mesiánica, había logrado reunir a la gran mayoría de los cabecillas en Hays, Yemen, donde en un acto que conmovió al mundo, lanzó más de siete mil armas largas en un profundo pozo adonde quedó enterrada la violencia que le había puesto fin a más de diez mil vidas. Aquel revolucionario suceso desató una profunda permutación en todas las organizaciones radicales de la época, y sin darnos cuenta, grupos terroristas de todo el mundo, desde Colombia hasta Pakistán, decidieron hacer lo mismo”.
Desde Yemen
“El mundo musulmán nunca soñó ser la punta de lanza en la búsqueda de la paz mundial!”, expresaba encandilado el Imam Rajiya frente a la multitud que se había congregado en la plaza principal de Sana’a. “Nuestro profeta Mahoma siempre lo dijo: el Islam es la religión de la armonía”, vociferaba enérgicamente mientras la muchedumbre afirmaba orgullosa con la mano derecha en el corazón y la izquierda apuntando al cielo con la rosa que había desatado al movimiento. “Somos y seremos los impulsores de la verdadera fe: aquella que solo conoce la tolerancia y el amor”, exponía mientras Barack Obama aplaudía briosamente desde la mesa diplomática, donde los líderes de la FARC Colombiana, los del movimiento Shabab Somalí, y los Talibanes Afganos se encontraban cautivados. “De ahora en adelante comienza una nueva etapa en la historia de la humanidad”, decía esperanzado el Presidente Obama, rindiéndole honor al Nobel de la Paz que le habían concedido unos años antes. “Así como todas las organizaciones radicales de la época y países como Irán y Corea han desmantelado sus complejos militares, los Estados Unidos de América, pionero ideológico de los conceptos democráticos y fundadores de la ‘sociedad evolucionada’ , le prometemos al mundo que a partir de mañana desmantelaremos todas las instalaciones militares y complejos nucleares de nuestro país. Le quiero agradecer al Imam Rajiya por haber tomado la iniciativa de unir por primera vez al mundo occidental y al mundo musulmán. Quiero confesarles que la manera en que tratamos de solucionar nuestros problemas en el pasado no fueron las más inteligentes, pero les aseguro que de ahora en adelante una nueva página ha sido desvelada, y les cercioro que nuestro futuro ya no lo podremos vislumbrar sin ustedes. Queda inaugurada la próxima evolución!”.
Continuara...
“Al-Qaeda ha transformado al mundo moderno”, comentaba el orgulloso profesor, que tras dos décadas de investigación en el Medio Oriente ahora profesaba sus conocimientos al alborotado grupo de adolescentes en la Academia de Estudios Secundarios de Mississippi. “Aquel día fue mágico. Todos estábamos paralizados frente al televisor; pasmados, engrifados, las lágrimas corriendo por aquella malvada década que terminaba con una rosa alzada al cielo y un llamado a la compasión. Aquellas imágenes de los temidos barbudos hincados frente a las cámaras, pidiéndole perdón a la humanidad por haber utilizado la violencia en su lucha contra la opresión y el despotismo, hoy en día les permite a ustedes disfrutar de privilegios que mi generación nunca soñó. El Imam Rajiya, sin saberlo, se había humildemente convertido en el hombre más influyente del siglo XXI”, explicaba el inflamado profesor, que degustaba aquella experiencia como si la estuviera reviviendo frente a los embelesados estudiantes. “De alguna misteriosa forma, logró convencer a las treinta mil mentes belicosas que componían la organización que de la única manera en que iban a lograr sus metas era utilizando el amor como principio básico. Con su larga barba blanca y su gloriosa silueta mesiánica, había logrado reunir a la gran mayoría de los cabecillas en Hays, Yemen, donde en un acto que conmovió al mundo, lanzó más de siete mil armas largas en un profundo pozo adonde quedó enterrada la violencia que le había puesto fin a más de diez mil vidas. Aquel revolucionario suceso desató una profunda permutación en todas las organizaciones radicales de la época, y sin darnos cuenta, grupos terroristas de todo el mundo, desde Colombia hasta Pakistán, decidieron hacer lo mismo”.
Desde Yemen
“El mundo musulmán nunca soñó ser la punta de lanza en la búsqueda de la paz mundial!”, expresaba encandilado el Imam Rajiya frente a la multitud que se había congregado en la plaza principal de Sana’a. “Nuestro profeta Mahoma siempre lo dijo: el Islam es la religión de la armonía”, vociferaba enérgicamente mientras la muchedumbre afirmaba orgullosa con la mano derecha en el corazón y la izquierda apuntando al cielo con la rosa que había desatado al movimiento. “Somos y seremos los impulsores de la verdadera fe: aquella que solo conoce la tolerancia y el amor”, exponía mientras Barack Obama aplaudía briosamente desde la mesa diplomática, donde los líderes de la FARC Colombiana, los del movimiento Shabab Somalí, y los Talibanes Afganos se encontraban cautivados. “De ahora en adelante comienza una nueva etapa en la historia de la humanidad”, decía esperanzado el Presidente Obama, rindiéndole honor al Nobel de la Paz que le habían concedido unos años antes. “Así como todas las organizaciones radicales de la época y países como Irán y Corea han desmantelado sus complejos militares, los Estados Unidos de América, pionero ideológico de los conceptos democráticos y fundadores de la ‘sociedad evolucionada’ , le prometemos al mundo que a partir de mañana desmantelaremos todas las instalaciones militares y complejos nucleares de nuestro país. Le quiero agradecer al Imam Rajiya por haber tomado la iniciativa de unir por primera vez al mundo occidental y al mundo musulmán. Quiero confesarles que la manera en que tratamos de solucionar nuestros problemas en el pasado no fueron las más inteligentes, pero les aseguro que de ahora en adelante una nueva página ha sido desvelada, y les cercioro que nuestro futuro ya no lo podremos vislumbrar sin ustedes. Queda inaugurada la próxima evolución!”.
Continuara...
Creando Realidades
Desde Estados Unidos
“Al-Qaeda ha transformado al mundo moderno”, comentaba el orgulloso profesor, que tras dos décadas de investigación en el Medio Oriente ahora profesaba sus conocimientos al alborotado grupo de adolescentes en la Academia de Estudios Secundarios de Mississippi. “Aquel día fue mágico. Todos estábamos paralizados frente al televisor; pasmados, engrifados, las lágrimas corriendo por aquella malvada década que terminaba con una rosa alzada al cielo y un llamado a la compasión. Aquellas imágenes de los temidos barbudos hincados frente a las cámaras, pidiéndole perdón a la humanidad por haber utilizado la violencia en su lucha contra la opresión y el despotismo, hoy en día les permite a ustedes disfrutar de privilegios que mi generación nunca soñó. El Imam Rajiya, sin saberlo, se había humildemente convertido en el hombre más influyente del siglo XXI”, explicaba el inflamado profesor, que degustaba aquella experiencia como si la estuviera reviviendo frente a los embelesados estudiantes. “De alguna misteriosa forma, logró convencer a las treinta mil mentes belicosas que componían la organización que de la única manera en que iban a lograr sus metas era utilizando el amor como principio básico. Con su larga barba blanca y su gloriosa silueta mesiánica, había logrado reunir a la gran mayoría de los cabecillas en Hays, Yemen, donde en un acto que conmovió al mundo, lanzó más de siete mil armas largas en un profundo pozo adonde quedó enterrada la violencia que le había puesto fin a más de diez mil vidas. Aquel revolucionario suceso desató una profunda permutación en todas las organizaciones radicales de la época, y sin darnos cuenta, grupos terroristas de todo el mundo, desde Colombia hasta Pakistán, decidieron hacer lo mismo”.
Desde Yemen
“El mundo musulmán nunca soñó ser la punta de lanza en la búsqueda de la paz mundial!”, expresaba encandilado el Imam Rajiya frente a la multitud que se había congregado en la plaza principal de Sana’a. “Nuestro profeta Mahoma siempre lo dijo: el Islam es la religión de la armonía”, vociferaba enérgicamente mientras la muchedumbre afirmaba orgullosa con la mano derecha en el corazón y la izquierda apuntando al cielo con la rosa que había desatado al movimiento. “Somos y seremos los impulsores de la verdadera fe: aquella que solo conoce la tolerancia y el amor”, exponía mientras Barack Obama aplaudía briosamente desde la mesa diplomática, donde los líderes de la FARC Colombiana, los del movimiento Shabab Somalí, y los Talibanes Afganos se encontraban cautivados. “De ahora en adelante comienza una nueva etapa en la historia de la humanidad”, decía esperanzado el Presidente Obama, rindiéndole honor al Nobel de la Paz que le habían concedido unos años antes. “Así como todas las organizaciones radicales de la época y países como Irán y Corea han desmantelado sus complejos militares, los Estados Unidos de América, pionero ideológico de los conceptos democráticos y fundadores de la ‘sociedad evolucionada’ , le prometemos al mundo que a partir de mañana desmantelaremos todas las instalaciones militares y complejos nucleares de nuestro país. Le quiero agradecer al Imam Rajiya por haber tomado la iniciativa de unir por primera vez al mundo occidental y al mundo musulmán. Quiero confesarles que la manera en que tratamos de solucionar nuestros problemas en el pasado no fueron las más inteligentes, pero les aseguro que de ahora en adelante una nueva página ha sido desvelada, y les cercioro que nuestro futuro ya no lo podremos vislumbrar sin ustedes. Queda inaugurada la próxima evolución!”.
Continuara...
“Al-Qaeda ha transformado al mundo moderno”, comentaba el orgulloso profesor, que tras dos décadas de investigación en el Medio Oriente ahora profesaba sus conocimientos al alborotado grupo de adolescentes en la Academia de Estudios Secundarios de Mississippi. “Aquel día fue mágico. Todos estábamos paralizados frente al televisor; pasmados, engrifados, las lágrimas corriendo por aquella malvada década que terminaba con una rosa alzada al cielo y un llamado a la compasión. Aquellas imágenes de los temidos barbudos hincados frente a las cámaras, pidiéndole perdón a la humanidad por haber utilizado la violencia en su lucha contra la opresión y el despotismo, hoy en día les permite a ustedes disfrutar de privilegios que mi generación nunca soñó. El Imam Rajiya, sin saberlo, se había humildemente convertido en el hombre más influyente del siglo XXI”, explicaba el inflamado profesor, que degustaba aquella experiencia como si la estuviera reviviendo frente a los embelesados estudiantes. “De alguna misteriosa forma, logró convencer a las treinta mil mentes belicosas que componían la organización que de la única manera en que iban a lograr sus metas era utilizando el amor como principio básico. Con su larga barba blanca y su gloriosa silueta mesiánica, había logrado reunir a la gran mayoría de los cabecillas en Hays, Yemen, donde en un acto que conmovió al mundo, lanzó más de siete mil armas largas en un profundo pozo adonde quedó enterrada la violencia que le había puesto fin a más de diez mil vidas. Aquel revolucionario suceso desató una profunda permutación en todas las organizaciones radicales de la época, y sin darnos cuenta, grupos terroristas de todo el mundo, desde Colombia hasta Pakistán, decidieron hacer lo mismo”.
Desde Yemen
“El mundo musulmán nunca soñó ser la punta de lanza en la búsqueda de la paz mundial!”, expresaba encandilado el Imam Rajiya frente a la multitud que se había congregado en la plaza principal de Sana’a. “Nuestro profeta Mahoma siempre lo dijo: el Islam es la religión de la armonía”, vociferaba enérgicamente mientras la muchedumbre afirmaba orgullosa con la mano derecha en el corazón y la izquierda apuntando al cielo con la rosa que había desatado al movimiento. “Somos y seremos los impulsores de la verdadera fe: aquella que solo conoce la tolerancia y el amor”, exponía mientras Barack Obama aplaudía briosamente desde la mesa diplomática, donde los líderes de la FARC Colombiana, los del movimiento Shabab Somalí, y los Talibanes Afganos se encontraban cautivados. “De ahora en adelante comienza una nueva etapa en la historia de la humanidad”, decía esperanzado el Presidente Obama, rindiéndole honor al Nobel de la Paz que le habían concedido unos años antes. “Así como todas las organizaciones radicales de la época y países como Irán y Corea han desmantelado sus complejos militares, los Estados Unidos de América, pionero ideológico de los conceptos democráticos y fundadores de la ‘sociedad evolucionada’ , le prometemos al mundo que a partir de mañana desmantelaremos todas las instalaciones militares y complejos nucleares de nuestro país. Le quiero agradecer al Imam Rajiya por haber tomado la iniciativa de unir por primera vez al mundo occidental y al mundo musulmán. Quiero confesarles que la manera en que tratamos de solucionar nuestros problemas en el pasado no fueron las más inteligentes, pero les aseguro que de ahora en adelante una nueva página ha sido desvelada, y les cercioro que nuestro futuro ya no lo podremos vislumbrar sin ustedes. Queda inaugurada la próxima evolución!”.
Continuara...
Sunday, January 10, 2010
Torres de Babel
Luego de seis meses conviviendo íntimamente con el ancestral y olvidado cosmos Yemenita, la hora de montarse de nuevo en la máquina del tiempo había llegado. El largo y tedioso viaje a la capital, recorriendo las traicioneras montañas que separan a Sana’a del humilde desierto, fue coronado con una goma pichada y un chofer quejoso de los cigarrillos que fueron encendidos durante el camino. El aeropuerto urbano, la entrada y salida a la milenaria caja de pandora, me esperaba sin presunciones. Mientras sobrevolaba el desolado paisaje, que a diez mil pies de altura parece un reino medieval intocado por el paso del tiempo, el perpetuo panorama de montañas escalonadas y poblados remotos se despedía animosamente con la estándar turbulencia que simboliza todo lo que fue, todo lo que es, y todo lo que será el Medio Oriente. Mientras dejaba atrás el nervio volcánico de aquella desprendida sociedad, ya comenzaba a sentir el peso de su ausencia. Mientras el Boeing 767 se balanceaba nerviosamente sobre la soledad del despejado cielo, Arabia Saudita se desnudaba intachable, dejándonos entrever la Sagrada Meca, reservada únicamente para los que han aceptado la religión de Mahoma en su corazón. Unas horas después, pasada una sumersión total en los brazos de Morfeo, el avión aterrizaba intacto en el Cairo. Mientras entraba a la terminal, el mundo que había dejado atrás se manifestaba en carne viva. El chocante encuentro de volver a presenciar a hombres y mujeres sumergidos en el caos del mundo moderno, tratando con ganas de orgullosamente manifestarle su belleza al universo, provoco en mí unas cuantas lágrimas de emoción. Hasta ese perentorio momento no me había dado cuenta de la dimensión que me había resguardado los últimos meses. Sin duda, el Reino de Saba se había incrustado en mi corazón inmensurablemente. Me sentía como si me hubieran entregado las llaves de un reino prohibido, y al volver a la civilización moderna, profesarme cómplice de amparar aquel último tesoro de la humanidad. Ya en camino hacia la capital del mundo, Nueva York, la recóndita atmosfera Yemenita parecía un velo de humo que se irradiaba mansamente en las reminiscencias de vidas pasadas. Antes de llegar, sabía lo que me esperaba. “¿Que hace un Dominicano con pasaporte Americano residiendo en Yemen?, me pregunta la agente de inmigración, que me olfatea de pies a cabeza esperando percibir algún rastro de pólvora. “Pues trabajando”, le respondo con la típica sequedad del viajero abatido. “Pase por aquí caballero”, me indica sospechosa. Mientras me dirijo al cuarto de los acusados, una decena de rostros familiares me dan la bienvenida con una indignada expresión y con un ligero espasmo facial. Al parecer, todos aquellos que veníamos de Yemen nos encontrábamos allí, incluyendo dos hermanos de doce y catorce años que se habían sentado a mi diestra. “¿Y por qué carajo tenemos que pasar por esto?”, pregunta el hermano menor. “Parece que creen que todos somos terroristas”, responde irritado el hermano mayor, que esparce su colérica indignación con cada gesto. “¿Sabes tú porque estamos aquí?”, me pregunta iracundo. “¿Al parecer, todos los que venimos de Sana’a nos encontramos aquí, no se han dado cuenta?”, le respondo calmado. “Esto es estúpido!”, irrumpe el rabioso adolescente. Mientras los oficiales se disponen a cuestionar a los jóvenes, sus cuerpos temblorosos y sus rostros consternados jadean mientras son hostilmente confrontados por los oficiales. Como si nacer en Yemen constituía un crimen por la cual de alguna forma u otra ellos debían pagar. “¿İY usted, que hace en Yemen!?”, me pregunta el oficial arrebatado, tratando de encender el coraje que había ido acumulando al observar aquella carnicería moral. Luego de una docena de preguntas, todas formuladas para traer a flote lo peor de mi depurada personalidad, los oficiales dedujeron que mi historia era verídica, y me dejaron continuar mi camino. Mientras me dirigía alegremente hacia mi jubilosa tierra, el único pensamiento que me seguía abrumando era la callosa realidad de que el temor corona desgraciadamente nuestras relaciones con el mundo musulmán. Al final, lo único que nos podrá salvar es la realización de que ellos están tan asustados como nosotros, y que de la única manera que podremos entendernos será exaltando nuestra común humanidad: Colocando en la mesa de negociación la paz, la tolerancia, el amor, y la comprensión.
Friday, January 8, 2010
Circulos Viciosos
Noches de Venganza: La Creación del Terrorismo en Medio Oriente
El atardecer se diluye en una breve cadencia anaranjada, dejando atrás las sombras que ahogan el pequeño poblado de Abyan. Los niños ya han dejado de jugar y se dirigen a sus albergues para mitigar el hambre que aúlla en silencio desde sus frágiles vientres. Un eco divino surge de la mezquita local, señalando la última oración del día, sumergiendo al pequeño grupo de almas que conviven en la desolación de aquel infinito lugar en el éxtasis de la devoción. Mohamed Abdul regresa del colegio cansado. Diariamente camina los siete kilómetros que separan a su pueblo de la escuela más cercana. Durante esa hora el viento fogoso moldea el mar de arena que arropa su aldea, causando que su visión se estreche mientras divaga en el letargo de sus pensamientos. Aquel atardecer, consternado cavilaba en la tendencia anti-americanista que recientemente había comenzado a envenenar a varios de sus familiares y amigos. Como podía olvidar el momento en que su primo Ahmed trataba de convencerlo de que el camino más seguro de vencer a los ‘infieles’ y a los ‘cruzados’ era hacerles pagar por toda la sangre que habían derramado en sus solitarias tierras. “Ayúdame a fabricar estos explosivos Mohammed”, le decía con firmeza, mientras sus ojos divulgaban la insondable frustración de haber nacido en un lugar donde las oportunidades son casi inexistentes. Como olvidar el día cuando oyó la explosión que le puso final a la vida de su primo mientras le daba los últimos toques a su invento fatal? Mientras se acercaba a su poblado, que a luz de la luna parecía más bien una visión fantasmagórica procreada por las entrañas de la aridez más despiadada, recordaba nostálgicamente los tiempos pasados. Las épocas en las cuales la inocencia reinaba majestuosamente en la humildad de su primitiva comarca. Cuando el nombre de Al-Qaeda era solo el murmuro en algún viejo radio que le tosía sus pesquisas a un grupito de curiosos. Cuando la ponzoña de una venganza absurda todavía no se había apoderado del alma de su pueblo. En la distancia, Mohammed observaba enajenado las luces de las fogatas que trataban fallidamente de combatir el frio de diciembre, que sin saberlo dotaban al poblado de un aura sigilosa. Como si aquellas luces reflejaran todas las esperanzas de su empobrecida comarca, que desde hacía un tiempo se había perdido en la oscuridad del desagravio. “Qué bueno que has llegado temprano”, le expresa su madre mientras señala la cena que acaba de servir. “Escuchas eso madre?”, pregunta Mohammed turbado. “El qué hijo mío?”, su madre responde alertada. “Parece el sonido de un…”. Antes de poder acabar la oración, un estallido monstruoso revienta la pequeña comarca de Abyan. Mohammed es lanzado veinte metros y yace inconsciente en la templada arena. Un fuego apocalíptico se mezcla con la sangre que se ha vertido sorpresivamente sobre el adormilado poblado. El caserío que una vez fue, ya solo es barro, sangre, y arena. Mohammed se levanta aturdido, arropado por el fuego que casi lo consume. A pocos metros, su madre yace pálida, sus ojos todavía amorosos luego de haber visto a su hijo llegar a casa sano y salvo. Mientras se levanta sangriento, Mohammed observa a su pueblo convertido en un cementerio abierto. Los cuerpos sin vida de todas las personas que adornan sus recuerdos ya solo son el espejismo de una noche infernal. Sin saber lo que ha pasado, comienza a correr hacia Khanfar, el poblado más próximo. Mientras sus lágrimas se mezclan frenéticamente con la sangre que despliega su rostro, por fin entiende aquella causa que había obsesionado a muchos de los hombres de su pequeño poblado. Aquella noche interminable, mientras corría desahuciado por el perpetuo desierto, Mohammed juro vengarse para algún día poder volcarle su sufrimiento a los culpables de esta matanza.
Un Pueblo Abatido
El 17 y el 24 de diciembre, los Estados Unidos llevaron a cabo dos ataques en las provincias de Abyan y Shabwa. En estos ataques murieron alrededor de 75 personas, la gran mayoría inocentes que fueron sacrificados para poder alcanzar a supuestos terroristas afiliados a la red mundial de Al-Qaeda. El 25 de diciembre, un nigeriano partió hacia Detroit con el fin de vengarse del brutal ataque, y fue atrapado antes de poder llevar a cabo su propósito. Mientras el mundo se indigna frente al cuasi atentado del nigeriano, el pueblo Yemenita es responsable de limpiar la sangre que quedó derramada en la aridez de su desolada tierra. Mientras prendo la televisión junto a mis colegas de Hays, y observamos en silencio a Obama criticando a la inteligencia americana por no haber agarrado al nigeriano antes de montarse en el avión, los ojos de mis compañeros gritan en silencio todas las verdades que constantemente les demuestra que la sangre occidental es más cara que la sangre musulmana. ¿Y es que no nos damos cuenta que todos somos víctimas de estos feroces ataques? Mientras el mundo Occidental es forzado a vivir bajo las sombras del temor, el pueblo Yemenita se sumerge más en la pobreza de su infecundo paisaje. Aparte de destruir totalmente la industria turística y alejar las inversiones extranjeras, factores que afectan grandemente a los 23 millones de personas que sobreviven en este rincón de la península arábica, estos ataques le sirven de motivación a cientos de individuos que andan en busca de darle significado a sus abatidas vidas. Mientras tanto, mi condición de vida en Yemen se ha restringido enormemente, teniendo que informarle al jefe de la policía local y a la ONG para la cual trabajo de todos mis movimientos. İ Ya es hora de que nos acerquemos en amor a estos pueblos, para poder brindarles los conocimientos que nos han permitido alcanzar los niveles de desarrollo que ellos buscan desesperadamente!. En vez de seguir engendrando el círculo vicioso de la violencia interminable, es hora de que recibamos al mundo musulmán con el corazón abierto, con la paz y la tolerancia como emblema, y listos para enfrentar el futuro tomado de las manos. No tenemos otra opción.
El atardecer se diluye en una breve cadencia anaranjada, dejando atrás las sombras que ahogan el pequeño poblado de Abyan. Los niños ya han dejado de jugar y se dirigen a sus albergues para mitigar el hambre que aúlla en silencio desde sus frágiles vientres. Un eco divino surge de la mezquita local, señalando la última oración del día, sumergiendo al pequeño grupo de almas que conviven en la desolación de aquel infinito lugar en el éxtasis de la devoción. Mohamed Abdul regresa del colegio cansado. Diariamente camina los siete kilómetros que separan a su pueblo de la escuela más cercana. Durante esa hora el viento fogoso moldea el mar de arena que arropa su aldea, causando que su visión se estreche mientras divaga en el letargo de sus pensamientos. Aquel atardecer, consternado cavilaba en la tendencia anti-americanista que recientemente había comenzado a envenenar a varios de sus familiares y amigos. Como podía olvidar el momento en que su primo Ahmed trataba de convencerlo de que el camino más seguro de vencer a los ‘infieles’ y a los ‘cruzados’ era hacerles pagar por toda la sangre que habían derramado en sus solitarias tierras. “Ayúdame a fabricar estos explosivos Mohammed”, le decía con firmeza, mientras sus ojos divulgaban la insondable frustración de haber nacido en un lugar donde las oportunidades son casi inexistentes. Como olvidar el día cuando oyó la explosión que le puso final a la vida de su primo mientras le daba los últimos toques a su invento fatal? Mientras se acercaba a su poblado, que a luz de la luna parecía más bien una visión fantasmagórica procreada por las entrañas de la aridez más despiadada, recordaba nostálgicamente los tiempos pasados. Las épocas en las cuales la inocencia reinaba majestuosamente en la humildad de su primitiva comarca. Cuando el nombre de Al-Qaeda era solo el murmuro en algún viejo radio que le tosía sus pesquisas a un grupito de curiosos. Cuando la ponzoña de una venganza absurda todavía no se había apoderado del alma de su pueblo. En la distancia, Mohammed observaba enajenado las luces de las fogatas que trataban fallidamente de combatir el frio de diciembre, que sin saberlo dotaban al poblado de un aura sigilosa. Como si aquellas luces reflejaran todas las esperanzas de su empobrecida comarca, que desde hacía un tiempo se había perdido en la oscuridad del desagravio. “Qué bueno que has llegado temprano”, le expresa su madre mientras señala la cena que acaba de servir. “Escuchas eso madre?”, pregunta Mohammed turbado. “El qué hijo mío?”, su madre responde alertada. “Parece el sonido de un…”. Antes de poder acabar la oración, un estallido monstruoso revienta la pequeña comarca de Abyan. Mohammed es lanzado veinte metros y yace inconsciente en la templada arena. Un fuego apocalíptico se mezcla con la sangre que se ha vertido sorpresivamente sobre el adormilado poblado. El caserío que una vez fue, ya solo es barro, sangre, y arena. Mohammed se levanta aturdido, arropado por el fuego que casi lo consume. A pocos metros, su madre yace pálida, sus ojos todavía amorosos luego de haber visto a su hijo llegar a casa sano y salvo. Mientras se levanta sangriento, Mohammed observa a su pueblo convertido en un cementerio abierto. Los cuerpos sin vida de todas las personas que adornan sus recuerdos ya solo son el espejismo de una noche infernal. Sin saber lo que ha pasado, comienza a correr hacia Khanfar, el poblado más próximo. Mientras sus lágrimas se mezclan frenéticamente con la sangre que despliega su rostro, por fin entiende aquella causa que había obsesionado a muchos de los hombres de su pequeño poblado. Aquella noche interminable, mientras corría desahuciado por el perpetuo desierto, Mohammed juro vengarse para algún día poder volcarle su sufrimiento a los culpables de esta matanza.
Un Pueblo Abatido
El 17 y el 24 de diciembre, los Estados Unidos llevaron a cabo dos ataques en las provincias de Abyan y Shabwa. En estos ataques murieron alrededor de 75 personas, la gran mayoría inocentes que fueron sacrificados para poder alcanzar a supuestos terroristas afiliados a la red mundial de Al-Qaeda. El 25 de diciembre, un nigeriano partió hacia Detroit con el fin de vengarse del brutal ataque, y fue atrapado antes de poder llevar a cabo su propósito. Mientras el mundo se indigna frente al cuasi atentado del nigeriano, el pueblo Yemenita es responsable de limpiar la sangre que quedó derramada en la aridez de su desolada tierra. Mientras prendo la televisión junto a mis colegas de Hays, y observamos en silencio a Obama criticando a la inteligencia americana por no haber agarrado al nigeriano antes de montarse en el avión, los ojos de mis compañeros gritan en silencio todas las verdades que constantemente les demuestra que la sangre occidental es más cara que la sangre musulmana. ¿Y es que no nos damos cuenta que todos somos víctimas de estos feroces ataques? Mientras el mundo Occidental es forzado a vivir bajo las sombras del temor, el pueblo Yemenita se sumerge más en la pobreza de su infecundo paisaje. Aparte de destruir totalmente la industria turística y alejar las inversiones extranjeras, factores que afectan grandemente a los 23 millones de personas que sobreviven en este rincón de la península arábica, estos ataques le sirven de motivación a cientos de individuos que andan en busca de darle significado a sus abatidas vidas. Mientras tanto, mi condición de vida en Yemen se ha restringido enormemente, teniendo que informarle al jefe de la policía local y a la ONG para la cual trabajo de todos mis movimientos. İ Ya es hora de que nos acerquemos en amor a estos pueblos, para poder brindarles los conocimientos que nos han permitido alcanzar los niveles de desarrollo que ellos buscan desesperadamente!. En vez de seguir engendrando el círculo vicioso de la violencia interminable, es hora de que recibamos al mundo musulmán con el corazón abierto, con la paz y la tolerancia como emblema, y listos para enfrentar el futuro tomado de las manos. No tenemos otra opción.
Wednesday, December 16, 2009
Intermision: 2 Semanas en la Isla!
Queridisimos lectores,
Les quiero informar que esta noche estare viajando para nuestro pais! No se imaginan lo contento que estoy de pasarme las navidades con mi gente! Les queria preguntar si estan interesados en juntarse en algun lugar a debatir / conversar / pasar un buen rato / bebernos par de frias / para que nos conozcamos y conversemos mas a fondo sobre esta cultura!! Bueno, si es asi, dejenme un comentario con sus correos y desde que llegue coordino el lugar y lo llevamos a cabo!
No se cuanto podre escribir las proximas dos semanas, pero sepan que hare todo lo posible de seguir subiendo fotos y relatando algunas historias que no he podido escribir! Un enorme abrazo a todos!
Alan Delmonte
Les quiero informar que esta noche estare viajando para nuestro pais! No se imaginan lo contento que estoy de pasarme las navidades con mi gente! Les queria preguntar si estan interesados en juntarse en algun lugar a debatir / conversar / pasar un buen rato / bebernos par de frias / para que nos conozcamos y conversemos mas a fondo sobre esta cultura!! Bueno, si es asi, dejenme un comentario con sus correos y desde que llegue coordino el lugar y lo llevamos a cabo!
No se cuanto podre escribir las proximas dos semanas, pero sepan que hare todo lo posible de seguir subiendo fotos y relatando algunas historias que no he podido escribir! Un enorme abrazo a todos!
Alan Delmonte
Saturday, December 12, 2009
Llegada de los Yemeni-Dominicanos en Las Americas
El pasado 3 de diciembre, luego de más de un mes en el Medio Oriente, el país recibió con brazos abiertos a sus siete hijos que lo arriesgaron todo para filmar un mítico documental en el corazón de Yemen. Como pueden ver, el Medio Oriente influyo muchísimo en sus vidas, ya que llegaron todos saludando a sus familiares con un "Salam Alaykun", y vistiendo la ropa tradicional del área. Para entonarlo todo, cada quien llevó consigo un pote de comino, la especie más utilizada en esta tierra, para recordar con amor toda su experiencia Yemenita echándole la apremiada especie a todo lo que consumieron aquel especial día. A continuación, las fotos del recibimiento en las Américas...







Thursday, December 10, 2009
La Peculiar Historia de Hassan Zuheiri, Parte 3
Yemen es una caja de sorpresas, incluso para aquellos que viven y mueren en la desolación de su infinito paisaje. Las costumbres de una región pueden ser tan diferentes a las de otra, que el lenguaje cultural puede enmarañar una situación de tal manera que resulte en lo sucedido a Hassan en su noche de bodas. “Amor mío, no te imaginas lo que he esperado este momento!”, le comenta seductoramente a su esposa, que se ha postrado a su lado delicadamente luego de la larga celebración. “Y para donde crees que vas?”, le responde su mujer sorprendida. “Sabes muy bien que tienes que darme trescientos dólares antes que te permita tocarme”, le explica sobrecogida, indignada por el atrevido que se ha lanzado al ataque de manera despavorida. “Pero si ya le he pagado casi dos mil dólares a tu padre!”, protesta Hassan desconsolado, sintiendo la impotencia que sienten los corderos antes de ser degollados. “Pero y cómo es posible que hoy, un día tan especial para mí, me saltes con algo así?”, grita el brioso y desesperado valiente aullando la angustia de sus diez mil noches de soledad. “Si quieres lo hablamos mañana con mi familia”, murmura su mujer, agitada por la reacción inesperada de su marido. “Pensé que sabias mi amor”, susurra su esposa discretamente. “Bueno, pues no tengo dinero, así que vamos a ver lo que hacemos. Si tengo que firmarte un pagaré para resolver este problema lo haré”, balbucea tristemente el afligido mientras se acuesta en su cama desalentado. La mañana siguiente, el equipo televisivo dominicano inaugura un nuevo día en el Tihama con un apremiado cafecito Santo Domingo, alistándose para celebrar el ultimo día de la esperada celebración. Mientras el vehículo se adentra por los callejones polvorientos que conducen a la casa del disgustado esposo, media docena de hombres bañados en lodo danzan al compás del ardor del mediodía. Sus pies descalzos sacuden el alma de Hais al son de ritmos áfrico-arabescos como camaleones de arena emanados del sol. Mientras me apeo del vehículo, observo a Hassan enseriado conversando con los padres de su mujer. “Esto es inaceptable”, le murmura modosamente Hassan a sus suegros. “Mi director, Nagi Khalil, nos ha regalado tres noches en un hotel de lujo en Sana’a, y es absurdo que viajemos hasta allá para mirarnos la cara por tres días”, explica el atragantado cónyuge. “Hassan, lo que podemos hacer es firmar un contrato en el que ustedes se pongan de acuerdo. Tal vez le puedes pagar una mensualidad fija por unos meses”, expone el suegro, tratando de aliviar la situación. Su esposa, al escuchar a su padre definiendo la conclusión del incomodo asunto, decidió aceptar las condiciones ofrecidas por su familia. Luego de finalizar la magnánima sesión de Qat que pone fin al último día de la celebración, donde más de cien hombres se sientan a masticar por interminables horas la hoja nacional, Hassan y su mujer se fueron a Sana’a de luna de miel. “Por fin amor mío, nuestro momento ha llegado”, le musita Hassan a su mujer mientras su boca se pierde en el tembloroso cuerpo de su amada. Luego de colocar una sábana blanca debajo de sus entidades, el acto se consumió de manera trágica. Mientras la sangre corría alborotada por entre la cama nupcial, Hassan decidió salir corriendo al hospital con su mujer en mano, ajeno totalmente a la naturalidad de la situación. “Les recomiendo que no lo vuelvan a intentar por cuatro días”, recomienda el doctor, sobrecogido por la intensidad con la que fue afrontado por la espantada pareja. Una semana después, el contrariado par se dirigía orgullosamente hacia Ramada, el pueblo natal de la esposa. Al llegar allí, la sábana blanca revestida de sangre fue imperiosamente desplegada en todo el pueblo, demostrando olímpicamente la pureza de la mujer y el honor cabal de su familia. Los siete cuñados de Hassan salieron con sus respectivas Kalashnikovs a celebrar gozosamente la integridad de su hermana, confundiendo las ráfagas con los fuegos artificiales que ya habían comenzando a lanzar los niños locales. En aquel glorioso momento recibo una llamada de Hassan, y entre risotadas y jolgorios me confiesa lo feliz que está de haber encontrado la mujer de su vida. Espero que así sea.
Wednesday, December 9, 2009
Los Hijos Bastardos de Yemen
Yemen es una quimera de ideas inscritas profundamente en el alma de una nación que reúsa ser influenciada. Como un zorro solitario le es indiferente a todo lo proveniente de Occidente, a sabiendas de que si acepta cualquier elemento, tendrá que aceptarlo todo. Como protectores de un elixir añejado por miles de años, el Yemenita defiende su cultura apasionadamente, como si todo lo que existiera fuera de sus fronteras fuera impuro. Por lo general, el joven Yemenita no cuestiona las costumbres y tradiciones impuestas por sus antecesores, y se siente orgulloso de acentuar su antigua cultura dentro los marcos de su generación. Es por esto que viajar a Yemen en el siglo 21 es adentrarse a un mundo olvidado, macerado completamente en el ocaso de tiempos pasados. Dicen que un día el ángel Gabriel decidió salir con Adán a visitar el mundo contemporáneo. “Esto es Italia, esto es Francia, esto es Turquía”, explicaba pragmáticamente el ángel, mientras Adán abría los ojos grandemente con la sorpresa que despliega un Buda cuando alcanza la iluminación. “Pero Gabriel, no puedo creer lo que todo ha cambiado!”, entonaba Adán estupefacto. Cuando llegan a la península arábica el ángel anuncia “…y esto es Yemen”. “Ohh Gabriel!”, expresó el hombre original aliviado. “Por fin algo que reconozco!”. Aunque la gran mayoría de Yemenitas comparten esta enraizada idiosincrasia que ayuda a mantener la cohesión en un país dominado por tribus ferozmente independientes, existen casos como los de Hiatt Shubeil, víctimas de una sociedad que tolera muy poco aquellos que rompen reglas elementales. Esta portentosa mujer de treinta años, en un acto rotundo de fuerza y rebeldía, lleva su pomposa melena al aire y sus despampantes atributos claramente visibles. Ella es el fruto de una estricta sociedad que desecha a los que rompen las reglas al amparo de la ínfima influencia extranjera que ha podido penetrar el sellado cosmos de esta enclaustrada nación. Hace seis años, Hiatt era la típica joven Yemenita; usaba el niqab, el cual empleaba para cubrir su rostro, y disimulaba su esbelto cuerpo con el balto. Debajo de toda esta tela, Hiatt ocultaba un peligroso secreto: estaba embarazada. Sabía con seguridad que si anunciaba su condición no solo sería desterrada por toda su familia, sino que tendría que cargar con la eterna vergüenza para siempre. Luego de muchas noches en vela, tomo la decisión más difícil de toda su vida: llevaría a cabo el embarazo, y daría luz a su más grande tesoro. Luego de publicar la noticia, Hiatt fue expulsada de su hogar, y tuvo que a fuerza de sudor mudarse sola en un apartamento y preparase para vivir la difícil experiencia de ser una madre soltera en Yemen. Luego de ser catapultada al vacío por sus amigos y familiares, Hiatt es hoy una viga de poder. Mientras me cuenta su historia, sus temblorosas manos aprietan fuertemente la taza de café que se bebe diariamente en Coffee Trader, lugar acudido por todos los extranjeros de Sana’a. “Es increíble que el único lugar donde he encontrado aceptación es aquí. Es el único sitio donde no me juzgan, y donde puedo expresarme libremente y disfrutar quien soy”, me comenta enajenada, mientras nostálgicamente su mirada se pierde en el mar de extranjeros que nos rodean. “Por eso he decidido soltarme el pelo y vestir como las mujeres europeas. Si mi propio pueblo no me acepta, encontrare quien lo haga!”, me anuncia enérgicamente, mientras su cara encandilada refleja la frustración profunda de una generación atada al pasado, que lucha diariamente para encontrar su lugar en el mundo. Hiatt es el reflejo de una minoría de Yemenitas, que ofuscados por una tierra que se resiste a cambiar, alucinan un mañana diferente en el que puedan tomar sus propias decisiones sin tener que enfrentar los demonios que han sobrevivido en la idiosincrasia de las mentes que los rodean. “Tengo fe de que este país cambiará”, me comenta Hiatt esperanzada. Mientras tanto, Yemen sigue navegando en los mares del pasado, orgullosamente desplegando la intocable esencia que protege tan arduamente. Es posible que al final nos demos cuenta de que Yemen tenía razón. Cuando todos los países del mundo hayan perdido su identidad, víctimas de la ciega transculturización que actualmente homogeniza al planeta, Yemen será un acantilado de agua fresca donde podremos recordar lo que habremos perdido, y añorar melancólicamente la diversidad que una vez fue.
Tuesday, December 8, 2009
Desvelando Raices: En Tierra Beduina

La Cuna del Mundo Arabe Tiene Sabor a....Camello!

Los Cocineros Beduinos en Plena Accion!

Orando en la Cuna de Allah

El Valle de Hadramawt y sus Eternos Tesoros
Bayt Al Jazeel

En este olvidado tesoro siguen viviendo sus pobladores originales desde hace mas de mil años. Conozcan a Bayt-al-Jazeel, en el corazon de Hadramawt!

Erase un Hombre y un Desierto, Una Camara y un Sueño. Pinky Pintor en el Rub-al-Khali!

Luis Echevarria y la Poderosa!

Arturo "El Padrino" Richardson, en meditacion profunda (Nota: Aunque no lo parezca, tiene los ojos cerrados y esta sentado en posicion de loto)

Milbert Perez, Valiente Navegante de Tierras Olvidadas

Carlos Reyes y su Arma Letal!
Monday, December 7, 2009
La Peculiar Historia de Hassan Zuheiri, parte 2
Hais nos espera en silencio. El poblado parece haberse mutado voluntariamente a sabiendas de la sagrada unión de uno de sus hijos, y solo espera el momento oportuno para precipitar su carácter feroz por entre sus polvorientas calles. Llegamos a la casa antes que la pareja, donde nos reciben con cierta indiferencia varias docenas de almas que esperan impacientemente a los agasajados. Un cordero se pasea frente a la puerta de la residencia, agachapado por las manos de un adolescente que lo aturde sin piedad. Luego de preparar el terreno para la filmación, instalando las luces adecuadas y posicionando las cámaras, esperamos inquietamente a la esperada pareja. Súbitamente, un estruendo parece acercarse. Un millón de luces se aproximan rápidamente al lugar, destruyendo consigo la afonía preocupante. Varias decenas de motores lideran al vehículo que carga consigo a los dichosos, y antes de darnos cuenta, comienzan hacer piruetas frente al hogar. Los motores dan vueltas sobre sus propios ejes levantando el océano de arena que cubre densamente al poblado desértico. Entre la niebla creada por los terroríficos personajes que han creado el barullo, el vehículo de los futuros esposos penetra la pequeña tormenta de polvo. Hassan sale del carro ofuscado, agarrando fuertemente a su pareja, que es también escoltada por el cara dura de su hermano, que no parece estar muy contento al ver el aparataje que se ha armado frente al lugar (véase cámaras, luces, y acción). Para la sorpresa de algunos y la pesadilla de otros, un verdugo local saca un cuchillo enorme y degolla impetuosamente el cordero atolondrado frente a los novios. Mientras el cordero berrincha y la sangre se esparce impulsivamente por toda la entrada del hogar, la novia se sube un poco la falda para brincar el cordero que se le ha atravesado medio a medio. Esta tradición, practicada en varios poblados del Tihama, supone que todas las impurezas que puedan tener los amantes se quedarán con el cordero, aunque en este caso las impurezas más bien fueron desechadas en el escandalizado equipo dominicano, que tuvieron que recogerse la quijada luego de observar el suceso. Ya que en el interior de la casa se encontraban decenas de mujeres, se nos fue imposible a los que tenemos genes masculinos entrar al lugar, pero Pachy Ramirez, integrante clave del equipo televisivo y valiente mujer dominicana, se atrevió a entrar con una cámara escondida. A las féminas que se encontraban dentro, no les dio mucha brega darse cuenta del trucaje, y mientras le voceaban “Mamnuh!!” (Prohibido!) la sacaron rápidamente del local. Mientras nos preparábamos para irnos a casa, Hassan todavía pensaba que aquella noche rompería por fin y al cabo sus más de treinta años de espera. Todavía no sabe lo que le espera…
Continuará…
Continuará…
Sunday, December 6, 2009
La Extraña y Peculiar Historia de Hassan Zuheiri
“¿Qué es el amor?”, me pregunto incesantemente mientras me balanceo en la cama de una camioneta que se sumerge despiadadamente en las montañas de Tai’z. Doce hombres me acompañan en esta crucial travesía, incluyendo a José Pintor, que dibuja su cámara de video Panasonic por entre el paisaje ancestral. El propósito es claro: acompañar a Hassan Zuheiri a buscar su nueva esposa, y filmarlo todo en el proceso. Unas horas antes habíamos salido de Hais despavoridos, mientras el tembloroso novio de tres días seguía digiriendo la idea de que una mujer desconocida estaba a punto de entrar a su vida de manera permanente. “Señor, no puedo creer que este momento ha llegado”, me comentaba Hassan mientras nos acercábamos a la casa del mediador, donde comenzaría el evento, y de donde partiríamos hacia la casa de la futura esposa. Al venturoso salir del vehículo, las tamboras imbuyen el ambiente de un aura sacra, como si prediciendo las llamaradas de pasión que surgirán luego de más de treinta años de espera. Subimos el inclinado camino rocoso rumbo a la casa de Saeed, el misterioso brujo tradicional que se encargó de la unión. En el camino se observa uno de sus pacientes amarrados a una puerta de metal en una pequeña choza. Nos mira de reojo, sin inmutarse por el algarabío que se ha formado fuera. Luego de rendirle honor al mediador masticando el Qat local, el atardecer nos indica el crítico siguiente paso: Ir a buscar a la futura esposa. Los nervios de Hassan están claramente afectando su rostro. “Señor, le pido por favor que filmen de manera muy discreta ya que su familia es de las más tradicionales del área, y es posible que al ver las cámaras decidan no entregarme a la mujer”, me explica Hassan evidentemente preocupado. “Haremos lo posible compadre, pero tú sabes que estas cámaras son bastante visibles, así que ten fe en Dios de que todo saldrá bien”, le respondo francamente, perturbando aun mas su irritado estado. “¿Y será verdad que el amor lo podemos cultivar con cualquier mujer?”, reflexiono en silencio mientras la camioneta rebasa una manada de camellos que intensifica la excitación que cargan nuestros corazones. En el tope de una pequeña colina, se vislumbra la morada de la mujer, donde retumban los fuegos artificiales que cercenan el silencio de la cordillera. El operativo parece más un secuestro que la primera etapa de la celebración. Hassan se apea del carro rápidamente agasajado por su futuro cuñado, que lo toma del brazo de manera violenta. Pinky y Milbert, el director y el productor de “Yemen”, se apresuran para poder capturar la mítica escena. En un intento fallido de entrar a la casa detrás del novio, un retumbante árabe nos para secos en la entrada, su mano derecha extendida enseñándonos su palma, mientras la izquierda se acomoda en el mango de la Jambiyah que lleva en frente, indicándonos lo que nos espera si forzamos la jugada. Nos acomodamos a unos diez metros de la entrada, de donde podemos ver todas las mujeres con sus caras cubiertas espiando a la multitud de hombres que se encuentran junto a nosotros por entre las pequeñas ventanas del hogar. Hay una cierta tensión en el ambiente, y me pregunto si Hassan jamás saldrá de aquel lugar. De repente, acompañado de fogosos fuegos artificiales, el novio sale disparado por la puerta agarrando a su futura mujer por el brazo mientras se arma en reperpero frente al hogar. La novia, con su largo vestido blanco y su manto negro cubriéndole el rostro, parece un cautivo que camina hacia la guillotina. Aquella escena, una las más extrañas que he presenciado en toda mi vida, relampagueó frente a nosotros de manera fugaz, la pareja rápidamente sumergiéndose en la oscuridad del carro de vidrios tintados que los esperaba cerca. Hace cinco días, Hassan no tenía idea de con quien se iba a casar. Había perdido todas las esperanzas de encontrar una esposa…Mientras tanto, vamos rumbo a Hais donde la segunda parte de esta peculiar ceremonia desvelará su lado más chocante. Entre todo este embrollo, sigo preguntándome “Será verdad que el amor puede germinar con CUALQUIER mujer?”…..Continuará.
Thursday, December 3, 2009
Los Hijos del Desierto
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